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El mensaje que bajó desde la Basílica de Luján mientras los campos esperan la lluvia y la política sigue levantando el tono

A la sombra de la Basílica, entre el polvo de los caminos caminados por los muchachos y la calma del domingo, monseñor García Cuerva dejó unas cuantas verdades sobre esta Argentina que no termina de arrancar.

Hay mañanas en que el campo parece guardar silencio para escuchar lo que se dice en la plaza del pueblo. Este domingo, cuando las piernas cansadas de miles de jóvenes terminaban de hacer el último tramo de polvo y fe hasta las puertas de la Basílica de Luján, la voz del arzobispo Jorge García Cuerva resonó con el peso de esas palabras que se dicen despacio para que calen hondo. No hubo alharaca ni estridencia, sino ese tono de quien conoce las grietas de la tierra y sabe bien que si no se cuida la siembra, la cosecha se pierde indefectiblemente.

El obispo habló de frente, como se habla en la mesa de madera de la cocina cuando las cosas de la quinta no van del todo bien. García Cuerva pidió terminar con las descalificaciones y la violencia verbal que nos tienen a todos con la guardia levantada. Es un llamado sabio para estos tiempos donde cualquiera levanta la voz antes de ponerse a escuchar al vecino. En el fútbol de mis años jóvenes, cuando el partido se picaba en la mitad de la cancha y los ánimos se calentaban entre los marcadores centrales, siempre aparecía un veterano que ponía la pelota bajo el pie y pedía aflojar la pierna para no terminar todos expulsados. Algo de eso intentó el prelado en la explanada lujanense.

El mensaje no fue solo hacia el cielo; tuvo los pies bien metidos en la huella del territorio y en la realidad de la provincia. El arzobispo llamó a llevar un abrazo sincero a los abuelos, a los sin trabajo y a los muchachos golpeados por la droga. Miró la geografía de nuestros barrios y de nuestros pueblos del interior, allí donde el invierno pega más duro y donde las carencias no se arreglan con discursos ni con publicaciones en redes sociales, sino con la mano tendida del paisano que comparte lo poco que tiene en la mesa.

La mirada puesta en los meses que vienen también tuvo su espacio en la homilía, con el horizonte puesto en la histórica visita del Santo Padre a nuestra tierra. Al referirse a la llegada de León XIV, el arzobispo advirtió que el Papa encontrará una Argentina herida y dividida por la famosa grieta. Sabias palabras para quienes peinamos canas y hemos visto pasar tantas promesas por estos pagos sin que cambie el fondo de la cuestión. La fe ayuda y sostiene, claro que sí, pero la tierra hay que trabajarla entre todos si queremos que dé frutos de verdad para las familias del interior.

Sobre el final, monseñor se detuvo un segundo a mirar el pasado, con esa nostalgia limpia de quien recuerda los consejos de los mayores al costado de la bomba de agua. García Cuerva evocó a su abuelo, quien le prometía de chico que cuando creciera el país saldría adelante, para reconocer que los años pasaron sin que esa promesa se cumpliera. Es una pena conocida por varios de nosotros, los que vimos transcurrir las décadas esperando ese destape que nunca llega del todo. Ojalá esta vez el rezo de los caminantes sirva para encauzar el surco.

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