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Noche adversa en la semifinal de la Sudamericana: cuando el trámite se pone cuesta arriba y la revancha exige templanza

La derrota de Boca por 1-0 ante Vasco da Gama en La Bombonera dejó la serie abierta de cara al desquite en suelo brasileño. Mientras en las localidades de la costa y el interior bonaerense se prepara la temporada estival entre labores agrícolas y brisas marinas, el fútbol vuelve a recordar que los partidos decisivos no otorgan concesiones.

Quienes peinamos canas y hemos recorrido los caminos del interior bonaerense sabemos muy bien que en el deporte, como en los trabajos de la tierra, hay jornadas donde el surco no sale parejo. En esta época primaveral, mientras en las chacras se atiende la siembra y en la costa atlántica los pueblos aprontan sus instalaciones para recibir al turismo estival, el fútbol internacional volvió a convocar la atención de la masa popular. La derrota de Boca por 1 a 0 frente a Vasco da Gama en la ida de la semifinal dejó un sabor amargo, de esos que exigen paciencia y cabeza fría para encarar la vuelta. Los partidos de eliminación directa suelen parecerse a las tormentas de verano, donde un descuido temprano altera el trabajo de semanas.

El desarrollo del primer tiempo mostró a un conjunto local desarticulado, al que le costó hacer pie en el medio campo y conectar las líneas con soltura. La visita brasileña, atenta al menor despiste, aprovechó un centro al primer palo a los 24 minutos para decretar la apertura del marcador mediante un certero frentazo de Adson. En la cancha como en la siembra de grano fino, cuando la semilla no prende de entrada todo se vuelve un andar pesado y a contracorriente. La ausencia de referentes en la gestación se sintió en la falta de pausa para elaborar juego en los metros finales.

El trámite insinuó una vuelta de tuerca en la segunda mitad, especialmente cuando el volante visitante Andrés Gómez vio la tarjeta roja a los 19 minutos por protestas reiteradas. Con un hombre de más durante más de media hora, el equipo xeneize volcó su empuje hacia la valla rival a fuerza de centros cruzados y disparos al área chica. Un zapatazo de Santiago Ascacibar de media distancia reventó el travesaño en lo que pudo ser el ansiado empate. Cuando el marco se niega y la pelota pica torcida, la ansiedad suele ser el peor consejero en los minutos de descuento.

Las oportunidades finales en los pies de Miguel Merentiel y Enner Valencia chocaron contra la resistencia de la zaga visitante, cerrando una noche trabada en el barrio porteño de La Boca. En los clubes de barrio del interior, en las pulperías de la pampa y en los paradores costeros, las charlas futboleras de la jornada coinciden en que la llave sigue abierta de cara a la revancha. Nada está dicho cuando restan noventa minutos por disputarse en territorio carioca o neutral. En el fútbol de alto rendimiento como en las faenas rurales, los balances definitivos se hacen recién cuando se junta el último fardo.

Tras la finalización del cotejo, el entrenador Rodolfo Arruabarrena prefirió transmitir serenidad a los simpatizantes recordando el temple que exige la camiseta en momentos de adversidad. El compromiso del próximo martes en Brasil obligará a un despliegue táctico impecable para dar vuelta la taba frente a un rival que sabe resguardar su ventaja. Antes de ese viaje decisivo, el calendario marca un cruce ante Talleres de Córdoba por el torneo local. La templanza en los momentos álgidos es la marca distintiva de las instituciones con historia en el territorio nacional.

La comarca bonaerense, que vive estos días de octubre entre el ritmo agrícola y las expectativas de la temporada estival, aguardará el desenlace de la serie con la expectativa propia de estos grandes acontecimientos deportivos. El desquite en Río de Janeiro o Asunción pondrá a prueba el carácter colectivo para revertir el marcador adverso. Como se acostumbra a decir en los vestuarios de pueblo, los partidos duran noventa minutos y la historia se escribe en la cancha hasta el pitazo final. El verdadero desafío de los planteles experimentados radica en saber levantarse tras un tropezón en el camino.

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