La azul de los milagros: Argentina desafía a Inglaterra en una parada que evoca el alma del potrero y el territorio
El cruce de semifinales en el Mundial 2026 despierta los duendes de México 86 y Francia 98. El equipo de Scaloni, curtido en mil batallas y aferrado al talento eterno de un Messi de 39 años, se planta con la misma vestimenta de las grandes hazañas de nuestra historia ante el clásico rival.

Los que peinamos canas sabemos perfectamente que el fútbol, como las cosechas y los inviernos largos, se rige por ciclos y señales que el tiempo va dejando marcadas en la tierra. Este miércoles, cuando las agujas del reloj marquen las cuatro de la tarde, la Selección argentina pisará el césped de Atlanta para medirse contra Inglaterra en una semifinal que paralizará al país. Y la primera gran noticia que recorrió los pueblos del interior y las mesas de café fue la confirmación de la indumentaria: volveremos a usar la camiseta azul. El hilo invisible de la historia nos conecta de inmediato con aquellas tardes memorables donde el orgullo nacional se jugaba en noventa minutos.
Para la barriada y el hombre de campo que mide la vida en temporadas, la decisión del ropaje no es un detalle menor. Cada vez que la Albiceleste se vistió de azul contra los ingleses, la gloria terminó de nuestro lado, como si la parca misma esquivara esos colores. Cómo no recordar el calor sofocante del Distrito Federal en el 86, cuando aquellas casacas compradas a las apuradas y bordadas a contrarreloj en el Distrito Federal cobraron vida con la zurda eterna de Diego. O la noche francesa del 98, con la pizarra de Passarella y el laboratorio del campero Javier Zanetti para gritar un empate que después los penales transformarían en un desahogo federal. Cuando usamos la celeste y blanca en el 66 o en aquel doloroso 2002, el resultado nos dio la espalda.

El camino de este plantel conducido por Lionel Scaloni, un hombre nacido en Pujato y criado en la cultura del esfuerzo y el perfil bajo, nos hace acordar a esos equipos que saben sufrir cuando la cancha se pone pesada. En la fase de grupos el andar fue sereno, ganando los tres partidos frente a Argelia, Austria y Jordania sin despeinarse. Pero en los mano a mano la cosa cambió; el equipo pareció un tractor en barro pesado ante Cabo Verde y Egipto, y contra Suiza se terminó ganando con el corazón en la boca. Hay cosas por ajustar en el medio de la cancha, es cierto, y la defensa viene sufriendo más de la cuenta, pero este grupo tiene el cuero duro y no se achica en las difíciles.
Arriba, como un faro que ilumina la llanura en plena noche, está Lionel Messi. A sus 39 años, el pibe de Rosario sigue jugando con la frescura del que recién empieza en el potrero del barrio, acumulando ocho goles y el respeto del mundo entero. A su lado, los dos centrodelanteros recuperaron el olfato justo a tiempo, dándole al equipo el oxígeno necesario para esta recta final. La mística de este plantel recuerda a las viejas formaciones que, cuando las piernas no respondían, ponían el pecho y sacaban el partido adelante con el amor propio de quien defiende los colores de su provincia y su bandera.
Las coincidencias con los mundiales anteriores surgen solas como el agua de pozo. Llegamos invictos, habiendo cruzado caminos con un rival asiático y con defensores que dejan su marca en la red, tal como lo hicieron Ruggeri en el 86 y Pineda en el 98. Scaloni, con su templanza habitual que mama de las raíces de Estudiantes de La Plata, bajó los decibeles de la política y el pasado, recordando que esto es un juego, una pelota que rueda. La historia nos pone otra vez frente a Inglaterra en una semifinal inédita. La tela azul volverá a vestirse con la esperanza de todo un territorio que sueña con otra página dorada.

