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A un mes del sesquicentenario: cómo empezó a caminar institucionalmente Balcarce

A 30 días de los 150 años, repasamos las primeras estructuras de poder, las leyes fundacionales y los hombres que moldearon el nacimiento del Partido. Un recorrido por los cimientos de una comunidad que aprendió a ordenarse mientras crecía, como equipo que se arma sobre la marcha.

Cuando falta apenas un mes para que Balcarce llegue a los 150 años, vale la pena volver a mirar hacia atrás y repasar cómo se fue armando, ladrillo a ladrillo, la estructura institucional que permitió que este rincón bonaerense dejara de ser un territorio disperso para convertirse en una comunidad organizada. Como en esos equipos que arrancan sin técnico fijo ni esquema claro, pero que igual salen a la cancha y se las ingenian para jugar, así fueron los primeros pasos del Partido.

Mucho antes de que Balcarce existiera formalmente, la provincia de Buenos Aires ya estaba atravesando cambios profundos. En 1821, la sanción de la ley que creó los Juzgados de Paz modificó de raíz el sistema judicial. Los viejos Cabildos, herencia de la tradición hispánica, quedaron en el pasado, y nació la llamada Justicia de Paz de Ciudad y Campaña. En las zonas rurales, los Jueces de Paz ocuparon el lugar de los antiguos Alcaldes de Hermandad, y desde 1824 pasaron a ser prácticamente la única autoridad efectiva en el interior bonaerense. Con el tiempo, sus funciones se ampliaron mucho más allá de lo que la ley había imaginado.

El Partido de Balcarce quedó oficialmente creado el 31 de agosto de 1865, a partir de un decreto reglamentario de la ley sancionada semanas antes. Poco después, el 24 de febrero de 1866, asumió como primera autoridad Don Juan Gregorio Peña, dueño del establecimiento “Las Tres Lomas”. Peña ejerció como Juez de Paz hasta octubre de 1868, en tiempos en que ese cargo también implicaba presidir la Comisión Municipal, según la Ley de Municipalidades vigente.

Sin embargo, la primera Comisión Municipal que funcionó de manera efectiva recién pudo organizarse bajo la gestión de Don Luis J. Dupuy, sucesor de Peña. La legislación exigía que sus integrantes fueran propietarios y vecinos del lugar, lo que hizo que las primeras autoridades estuvieran íntimamente ligadas al mundo rural y a la posesión de tierras. La primera sesión de aquella Comisión se realizó el 12 de octubre de 1868, un hito que marcó el inicio de la vida institucional organizada del Partido.

A partir de allí comenzaron a sucederse distintos nombres al frente del gobierno local: Don Florisbelo Acosta, Don Pedro Bouches, Don José Andrés Chaves, Don Julián Dupuy, Don Pedro Pereira, Don Emiliano Valdez, Don Juan P. Amarante, Antonio Díaz de Vivar y Don Juan T. Peredo, entre otros. Una especie de rotación constante, como esos campeonatos largos donde cada fecha trae un nuevo capitán.

Recién en 1884 se produjo una separación clara entre las funciones judiciales y las administrativas. Dos años más tarde entró en vigencia una nueva Ley Orgánica Municipal que estableció la división entre el Departamento Ejecutivo y el Concejo Deliberante. Desde entonces, el gobierno comunal quedó encabezado por un Intendente, mientras que el Juez de Paz pasó a dedicarse exclusivamente a tareas judiciales. En la primera elección bajo ese nuevo esquema fueron elegidos Don Pedro Nogues, Enrique Bosch, Ramón Sorondo y Juan Malatesta, mientras que el Poder Ejecutivo provincial designó como Intendente a Don José Andrés Chaves.

Hacia fines del siglo XIX y comienzos del XX, la política local atravesó momentos turbulentos. En varias oportunidades, el municipio quedó en manos de comisionados enviados por la Provincia. Entre ellos figuran Don Juan A. Zelaya, Don Agustín Molina, Don Manuel Arza, Don Juan Kelly y Don Juan Iraizos. Eran tiempos de vaivenes, como esos torneos donde el equipo cambia de técnico tres veces en una temporada.

La documentación municipal permite retomar con claridad la sucesión de autoridades recién a partir de 1913, cuando aparece como Intendente Don Cecilio Leal de Ibarra. Desde entonces, la continuidad institucional quedó consolidada y acompañó el crecimiento de Balcarce durante todo el siglo XX.

Hoy, a un mes del sesquicentenario, volver sobre estos hechos es volver a las raíces. A la historia de una comunidad que se fue organizando mientras avanzaba, con esfuerzo, con tensiones, con acuerdos y con la participación de generaciones enteras de balcarceños. Una historia que, como en el fútbol, demuestra que ningún proyecto se sostiene sin equipo, sin reglas claras y sin la voluntad de seguir jugando.

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