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La huella de Santiago Duca en las arenas del sur: entre la pasión por los motores y el peso del dolor en la costa

El trágico accidente de un mecánico de 35 años al sur de Punta Negra conmociona a la comunidad de Necochea. En una tarde donde el viento soplaba entre los médanos y los molinos eólicos, una prueba de manejo sobre el terreno agreste terminó ensombreciendo a toda la comarca costera.

Hay tardes en las que el viento del mar parece traer una calma engañosa a las playas bonaerenses, pero en un abrir y cerrar de ojos, la tierra se cobra una cuota de dolor impredecible. La franja costera que se extiende más allá de Punta Negra, allí donde los médanos empiezan a ganar altura y los molinos del parque eólico recortan el horizonte, volvió a ser testigo de una fatalidad que enluta a toda la ciudad de Necochea. El sábado por la tarde se vistió de luto tras el fallecimiento de Santiago Duca, un muchacho de tan solo 35 años.

Quienes hemos recorrido la franja marítima durante décadas sabemos bien que la fascinación por los fierros en esta zona no es algo nuevo. Es una costumbre entrañable que pasa de generación en generación, donde la destreza sobre el volante se prueba contra la solidez de la arena y las irregularidades del terreno. Santiago era un mecánico respetado en el pueblo, reconocido por sus manos hábiles y por un fervor genuino hacia los vehículos de doble tracción. Padre de dos niñas pequeñas, el hombre había volcado su oficio y sus horas de descanso en poner a punto un jeep color blanco, una maquina preparada con esmero para desafiar las huellas del sur.

La jornada transcurría entre la camaradería propia de quienes comparten el mismo amor por el barro, la arena y el motor. En las cercanías del paraje Paso del Arroyo, Duca avanzaba en compañía de su grupo de amigos, cada uno al mando de sus respectivos rodados todoterreno. Como en un contragolpe inesperado a minutos del final, la fatalidad sorprendió a la caravana cuando el vehículo blanco perdió estabilidad. A una velocidad que los peritajes preliminares estiman elevada para la zona, el jeep habría impactado contra una formación de rocas antes de desplomarse desde lo alto de una barranca.

El impacto fue violento y desarticuló cualquier posibilidad de protección dentro de la cabina. El conductor salió despedido del habitáculo, sufriendo múltiples traumatismos y lesiones severas que demandaron la rápida reacción de sus compañeros de ruta. La desesperación se apoderó de los presentes mientras llamaban con urgencia a los servicios de rescate de la ciudad. En cuestión de minutos, el silencio habitual del paisaje costero se vio interrumpido por las sirenas y el despliegue del personal de Defensa Civil, la Policía y las ambulancias que montaron un operativo de emergencia.

A pesar del esfuerzo coordinado de los médicos por revertir el cuadro en el lugar del hecho, la gravedad de las heridas torácicas y las fracturas sufridas resultó irreparable. La noticia del deceso corrió con la velocidad del viento entre los vecinos de la zona rural y el casco urbano. El suelo que habitualmente convoca al disfrute del verano y al trabajo de la costa se transformó en un escenario de profundo desconsuelo. Las autoridades judiciales mantendrán abiertas las actuaciones correspondientes para determinar con precisión técnica los factores que desencadenaron la caída.

El campo y la costa guardan en sus huellas la memoria de sus vecinos, y la partida temprana de un trabajador de los talleres deja una marca indeleble. La comunidad entera abraza a la familia Duca en este momento donde las palabras resultan escasas para explicar la pérdida. En la inmensidad del paisaje de Necochea, donde la brisa del mar se cruza con el andar de los vehículos, queda el recuerdo de un joven que vivió hasta el último instante impulsado por su gran pasión.

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