Policiales

Identifican al jubilado que murió decapitado al chocar con un tractor en la ruta 77

Atilio Alberto Pallaro, de 76 años, perdió la vida al incrustarse su Voyage contra los pinches de un tractor que circulaba sin habilitación y con las luces tapadas por rollos de pastura. El conductor, un peón rural de 21 años, quedó imputado por homicidio culposo.

Hay noches en las rutas bonaerenses que parecen jugar su propio partido, uno de esos que se definen por detalles mínimos, como un mal pase atrás o un rebote desafortunado. El lunes, en la ruta provincial 77, a la altura del paraje Santa Irene, ese detalle fue letal. Allí perdió la vida Atilio Alberto Pallaro, un jubilado de 76 años que regresaba desde Nicanor Otamendi cuando su Volkswagen Voyage impactó de lleno contra los pinches traseros de un tractor que transportaba rollos de pastura.

La autopsia, realizada en las últimas horas, confirmó lo que los primeros datos ya dejaban entrever: Pallaro murió decapitado al instante, sin posibilidad alguna de reacción. El golpe fue tan violento que los peritos describieron un mecanismo de muerte inmediato, producto de la altura y rigidez de los pinches metálicos del tractor Deutz.

Según fuentes oficiales consultadas por el portal 0223, el tractor era conducido por un joven peón rural de 21 años que, además de no contar con habilitación para manejar maquinaria agrícola, circulaba de noche, algo expresamente prohibido. Para colmo, los rollos de pastura que trasladaba tapaban las luces traseras, dejando al vehículo prácticamente invisible para quien viniera detrás. Una jugada peligrosa, como salir jugando desde el fondo sin mirar la presión rival.

Pallaro, que volvía hacia Miramar, no habría tenido margen para advertir la presencia del tractor. El impacto fue seco, frontal y definitivo. El fiscal de Delitos Culposos, Germán Vera Tapia, dispuso la imputación del joven conductor por homicidio culposo, una figura que suele aparecer en estos casos donde la imprudencia y la negligencia se combinan para escribir tragedias evitables.

En los pueblos, la noticia corrió rápido, como cuando un equipo chico mete un gol histórico y todos se enteran antes de que la pelota toque la red. Pero esta vez no hubo festejo, sino consternación. En Miramar, donde Pallaro era conocido y querido, las redes sociales se llenaron de mensajes de despedida. “Excelente persona y compañero de trabajo, mucha fuerza y Q.E.P.D pescado querido”, escribió uno. “Se nos fue una excelente persona y mejor amigo, vuela alto Atilio”, sumó otro. “Descansa en paz Alberto”, completó un tercero. Cada mensaje, un testimonio de afecto; cada frase, un recordatorio de que detrás de las estadísticas siempre hay una vida, una historia, una familia.

El caso vuelve a poner sobre la mesa un problema viejo como los caminos rurales: la circulación nocturna de maquinaria agrícola sin condiciones mínimas de seguridad. En la jerga futbolera, es como entrar a trabar con la pierna floja: tarde o temprano, alguien sale lastimado. Los controles existen, las normas también, pero la realidad demuestra que muchas veces quedan en el papel.

La ruta 77, que serpentea entre campos y parajes, no es ajena a este tipo de episodios. La falta de iluminación, el tránsito mixto y la escasa señalización generan un escenario donde cualquier error se paga caro. Pallaro, que solo intentaba volver a su casa, terminó siendo la víctima de una cadena de irregularidades que no deberían ocurrir.

Mientras avanza la causa judicial, la comunidad de Miramar llora a uno de los suyos. Y como en esos partidos que se pierden por un gol en contra en el último minuto, queda la sensación amarga de que todo podría haberse evitado con un poco más de responsabilidad.

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