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El último adiós a Taty Almeida: la Madre de Plaza de Mayo que transformó el dolor en un legado para siempre

A los 95 años, falleció la presidenta de Línea Fundadora tras una vida entera dedicada a la memoria de su hijo Alejandro.

La noticia golpeó con la fuerza de esas tormentas de invierno que barren la llanura de nuestra provincia de Buenos Aires. El domingo por la noche se confirmó la partida de Lidia Estela Mercedes Miy Uranga, la querida Taty Almeida, a los 95 años de edad. Estaba internada en el Hospital Italiano, dando sus últimas batallas con esa misma entereza con la que caminó las plazas del país durante medio siglo. Con su partida se nos va una porción inmensa de la historia viva de nuestra patria, una mujer que supo sembrar memoria en cada rincón del territorio.

Taty había nacido en junio de 1930, en un hogar donde el uniforme militar y la disciplina castrense eran parte del paisaje cotidiano de la familia. Se formó como maestra, con esa paciencia de tiza y pizarrón que después usaría para explicarle a las nuevas generaciones el valor de la justicia. Su vida era la de tantas madres de clase media, hasta que el almanaque se plantó de golpe el 17 de junio de 1975. Ese día, su hijo Alejandro, un muchacho de apenas 20 años que trabajaba en Télam y estudiaba Medicina, salió de la casa y dejó una frase flotando en el aire: “Esperame, ya vengo”. Alejandro nunca regresó y pasó a integrar la lista de los desaparecidos por la Triple A.

Ahí empezó otra historia, un partido largo y cuesta arriba que Taty tuvo que jugar en una cancha completamente embarrada. Al principio, confiando en sus raíces, fue a golpear las puertas de conocidos del ambiente militar, hombres que luego serían rostros de la dictadura como Harguindeguy o Galtieri, pero solo encontró respuestas evasivas y silencios de piedra. En 1979, entendió que el camino no era en soledad y se sumó al grupo de mujeres que, con un pañuelo blanco en la cabeza, ya marchaban alrededor de la pirámide. Desde 1986 formó parte de las Madres Línea Fundadora, caminando siempre con paso firme.

Quienes la conocieron de cerca saben que Taty era de esas personas que no achicaban la pierna pero que jamás perdían la sonrisa ni la calidez. En el año 2008 publicó un libro entrañable, donde juntó los poemas que su hijo Alejandro había dejado guardados en una agenda personal antes de su partida. Fue a través de esos versos que descubrió los ideales políticos del joven, y desde entonces los llevó como bandera en cada charla en escuelas, sindicatos y centros culturales de todo el suelo bonaerense. Su motor fue siempre el recuerdo vivo de su hijo.

Su última presentación importante fue en abril de este mismo año 2026, cuando la Universidad de Buenos Aires le entregó el doctorado honoris causa. Allí les habló directamente a los chicos, pasándoles la pelota a los más jóvenes para que sigan adelante con la bandera de la verdad. Su despedida oficial comenzará este lunes a las 14 horas en la sede del sindicato Foetra, un lugar que seguramente quedará chico para la cantidad de paisanos y compatriotas que se acercarán a darle las gracias. Se fue una madre de todos, pero su siembra queda en la tierra.La noticia golpeó con la fuerza de esas tormentas de invierno que barren la llanura de nuestra provincia de Buenos Aires. El domingo por la noche se confirmó la partida de Lidia Estela Mercedes Miy Uranga, la querida Taty Almeida, a los 95 años de edad. Estaba internada en el Hospital Italiano, dando sus últimas batallas con esa misma entereza con la que caminó las plazas del país durante medio siglo. Con su partida se nos va una porción inmensa de la historia viva de nuestra patria, una mujer que supo sembrar memoria en cada rincón del territorio.

Taty había nacido en junio de 1930, en un hogar donde el uniforme militar y la disciplina castrense eran parte del paisaje cotidiano de la familia. Se formó como maestra, con esa paciencia de tiza y pizarrón que después usaría para explicarle a las nuevas generaciones el valor de la justicia. Su vida era la de tantas madres de clase media, hasta que el almanaque se plantó de golpe el 17 de junio de 1975. Ese día, su hijo Alejandro, un muchacho de apenas 20 años que trabajaba en Télam y estudiaba Medicina, salió de la casa y dejó una frase flotando en el aire: “Esperame, ya vengo”. Alejandro nunca regresó y pasó a integrar la lista de los desaparecidos por la Triple A.

Ahí empezó otra historia, un partido largo y cuesta arriba que Taty tuvo que jugar en una cancha completamente embarrada. Al principio, confiando en sus raíces, fue a golpear las puertas de conocidos del ambiente militar, hombres que luego serían rostros de la dictadura como Harguindeguy o Galtieri, pero solo encontró respuestas evasivas y silencios de piedra. En 1979, entendió que el camino no era en soledad y se sumó al grupo de mujeres que, con un pañuelo blanco en la cabeza, ya marchaban alrededor de la pirámide. Desde 1986 formó parte de las Madres Línea Fundadora, caminando siempre con paso firme.

Quienes la conocieron de cerca saben que Taty era de esas personas que no achicaban la pierna pero que jamás perdían la sonrisa ni la calidez. En el año 2008 publicó un libro entrañable, donde juntó los poemas que su hijo Alejandro había dejado guardados en una agenda personal antes de su partida. Fue a través de esos versos que descubrió los ideales políticos del joven, y desde entonces los llevó como bandera en cada charla en escuelas, sindicatos y centros culturales de todo el suelo bonaerense. Su motor fue siempre el recuerdo vivo de su hijo.

Su última presentación importante fue en abril de este mismo año 2026, cuando la Universidad de Buenos Aires le entregó el doctorado honoris causa. Allí les habló directamente a los chicos, pasándoles la pelota a los más jóvenes para que sigan adelante con la bandera de la verdad. Su despedida oficial comenzará este lunes a las 14 horas en la sede del sindicato Foetra, un lugar que seguramente quedará chico para la cantidad de paisanos y compatriotas que se acercarán a darle las gracias. Se fue una madre de todos, pero su siembra queda en la tierra.

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