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El amargo adiós de una fábrica que le ponía valor al esfuerzo de nuestra tierra

El cierre definitivo de la planta procesadora de Finca Balcarce abre un interrogante grande sobre el destino de la producción en el interior bonaerense.

Las noticias del cese de actividades en el interior nos obligan a entornar los ojos y mirar el horizonte con una preocupación que no es nueva para quienes caminamos este suelo. La empresa Finca Balcarce cerró sus puertas de manera definitiva esta semana. Quienes sumamos inviernos en esta bendita geografía sabemos bien lo que cuesta levantar una pared, poner en marcha una caldera y convencer a los muchachos de que el sudor diario tiene recompensa al final del camino. Esta planta, nacida al calor de las fértiles tierras del sudeste de la provincia de Buenos Aires, no pudo sostener el partido frente a una realidad económica que se puso demasiado cuesta arriba, dejando a 25 familias del pueblo sin el sustento diario que dignifica la mesa.

El negocio de la papa prefrita congelada parecía una jugada de pizarrón, de esas que arman los directores técnicos modernos para ganarle el medio campo a la adversidad. La fábrica local agregaba valor al fruto cosechado en las quintas de la zona. Sin embargo, cuando las boletas del gas y de la luz llegan con números que parecen sacados de una rifa de pueblo y el consumo de la gente común se achica como ropa mal lavada, no hay estrategia que aguante los noventa minutos de juego. Los dueños de la firma explicaron que la cancha se inclinó de forma definitiva por el peso de los costos fijos y el ingreso de mercadería importada desde tierras brasileñas, una asimetría que terminó por quebrar la resistencia de los pioneros locales.

La tristeza se palpa en el aire de Balcarce, donde cada puesto de trabajo perdido repercute en el almacén de la esquina, en la estación de servicio y en el ánimo colectivo de la vecindad. El Sindicato de la Alimentación ya interviene para custodiar los derechos de la gurisada despedida. Uno ha visto pasar tantas tormentas de granizo sobre los sembrados que ya sabe cuándo el cielo se viene abajo de verdad; la parálisis de este galpón no es un hecho aislado, sino el reflejo de un tiempo largo donde producir en el territorio parece un pecado frente a la comodidad de la timba financiera de las grandes urbes porteñas. Ojalá que la cordura vuelva a primar en las mesas de negociación y se entienda que sin chimeneas humeando no hay futuro posible para los distritos que le ponen el pecho a la vida.

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