El amargo adiós de la Celeste en Guadalajara: cuando el libreto de la pizarra choca contra la dura realidad del campo
La eliminación de Uruguay evoca aquellas tardes de sol bravo donde la estrategia no alcanza si falla el pulso del paisano. Un error de Muslera y los cambios de Bielsa sentenciaron una historia que merecía otro final, dejando al territorio rioplatense masticando la bronca de una cosecha que se perdió justo antes de guardarse en el granero.

Ver rodar la pelota bajo el cielo de Guadalajara me trajo el recuerdo de esas cosechas que se anuncian formidables en la víspera, pero que una mala racha de granizo o una helada tardía terminan estropeando en un abrir y cerrar de ojos. El fútbol, como el trabajo de la tierra en nuestro querido suelo, es un asunto de paciencia, de respetar los tiempos largos y de cuidar a los hombres que conocen el oficio. Sin embargo, este Uruguay de Marcelo Bielsa se despidió temprano del Mundial tras caer por la mínima diferencia ante una España que, sin ser un tractor que pasa por encima de todo el mundo, supo aprovechar la única grieta que dejó la empalizada charrúa. Fue un partido parejo, de esos que se definen por un detalle, como cuando el mejor caballo tropieza en la última curva del asfalto.
Desde el arranque del encuentro, se notó que los muchachos sentían el peso del compromiso en los hombros. Los españoles salieron decididos a manejar la pelota con la parsimonia de quien toma unos mates a la sombra en una tarde de verano, moviendo las piezas de un lado a otro con Pedri y Rodri como directores de la orquesta. El aluvión de los europeos duró apenas diez minutos, y fue entonces cuando la garra oriental empezó a asomar la cabeza, empujando desde el medio de la cancha. El despliegue de Bentancur y el coraje de Canobbio emparejaron la balanza, demostrando que al rival le incomodaba perder el cuero en la salida.
La tarde venía templada, pero en el fútbol, como en los días de siembra en el campo, los imprevistos cambian el rumbo del temporal. Primero fue la lesión de Ugarte, que se quedó clavado como poste de alambrado viejo, y enseguida llegó la fatalidad en el área propia. Un centro de Llorente que parecía no traer mayores peligros terminó escurriéndosele a Fernando Muslera tras un remate de Baena que debió ser controlado sin contratiempos. Ese blooper del arquero fue un balde de agua fría que caló hondo en el ánimo de la delegación oriental.

Lo que vino después de ese tropiezo en el marcador descolocó a los pocos paisanos que se acercaron a alentar desde las tribunas mexicanas. En el entretiempo, el director técnico metió mano en el equipo y sacó a Muslera del arco, una variante drástica que según se supo después fue por el propio pedido del golero, cansado quizás de cargar con el peso de la culpa. Pero la sorpresa mayor llegó cuando Bielsa decidió retirar a Federico Valverde, el capitán y el jugador que mejor venía administrando los hilos en el mediocampo. Sacar al hombre que maneja el timón en plena tormenta pareció una jugada arriesgada que terminó por quebrar la confianza del grupo.
La eliminación deja un sabor amargo en todo el territorio uruguayo, una tierra de pastoreo y tradición que sabe de batallas largas pero que hoy se queda con las manos vacías en la primera de cambio. Ver a la Celeste quedar en el camino por debajo de seleccionados como Cabo Verde nos hace pensar que a veces los planteos de pizarrón se olvidan de la memoria y el arraigo de los pueblos. En la rueda de prensa, el entrenador rosarino asumió el golpe con hidalguía, reconociendo que su paso de tres años no dejó huellas en la estructura por culpa de la escasez de victorias. “Lo que yo le dejo al fútbol uruguayo es nada”, sentenció el técnico con la melancolía de quien ve partir el último tren de la temporada.
Ahora vendrán los tiempos de balance, de volver a mirar el suelo y preparar la tierra para la próxima campaña. España sigue viaje hacia los dieciseisavos de final sin deslumbrar, mientras que los uruguayos deberán regresar a su pago a lamerse las heridas de un vestuario desarticulado. El fútbol siempre da revancha, paisanos, pero esta vez la cosecha se perdió temprano en el norte, lejos del calor del hogar y de la brisa que baja de la costa rioplatense. Al final del día, las palabras se las lleva el viento si la pelota no entra en las redes del arco contrario.

