El invierno de los números fríos: las familias y la urgencia de mirar adentro del plato de comida en la provincia
Jimena López advierte sobre el endeudamiento en los hogares bonaerenses y pide atender la realidad de la canasta básica en el interior productivo, donde las cuentas diarias pesan más que los anuncios de la macroeconomía.

Uno camina por las calles de Necochea en este julio frío y siente el viento que viene del mar, un viento limpio pero cortante, de esos que te obligan a abrocharte el abrigo hasta el último botón. En los pueblos del interior de nuestra provincia de Buenos Aires, la vida siempre tuvo otro compás, más ligado a la tierra, al esfuerzo diario y a la libreta del almacenero que esperaba al fin del mes. Pero hoy, cuando uno conversa con los vecinos en la cooperativa o en la esquina del club, nota que la preocupación tiene un color distinto. No es el clima, que siempre da revancha; es que la plata se escurre entre los dedos como arena de nuestras playas. La diputada nacional Jimena López puso sobre la mesa una realidad que los que caminamos el territorio conocemos de memoria.
Los números oficiales que llegan desde la Capital a veces parecen redactados en otro idioma, un dialecto técnico que no entiende de ollas populares ni de garrafas. El INDEC marcó un 1,9% de inflación para junio, y en los despachos oficiales salieron a festejar como si hubieran ganado un partido de visitante sobre la hora con un gol en contra. Pero la realidad de la cancha es otra. Detrás de ese promedio general, la Canasta Básica Total trepó un 2,2%, exigiendo más de un millón y medio de pesos para que una familia no sea pobre. Esa es la verdadera marca del rival. En el mostrador del almacén, donde se juega el campeonato de todos los días, la inflación no se mide con decimales, se mide con el peso de la bolsa de mandados.
La diputada de Necochea, que conoce bien el pulso de nuestro Puerto Quequén y el esfuerzo de la cadena productiva, salió al cruce de las voces oficiales que le piden a la gente “educación financiera” para no endeudarse. Es una mirada de oficina vidriada, ajena al barro. Nadie toma un crédito o revienta la tarjeta para comprarse una casa o cambiar la cosechadora; hoy el vecino se endeuda para pagar la luz, los remedios y el pan. Decirle a una madre que tiene que aprender a administrarse cuando no le alcanza para la leche de los chicos es como pedirle a un club de barrio que juegue la Copa Libertadores con botines de lona. No es un problema de conducta individual, es que los ingresos se desmoronaron frente a tarifas que subieron cuatro veces más que los precios generales.
El 59% de los hogares de nuestra provincia hoy no llega a fin de mes, una cifra que duele en el alma del tejido social. En nuestras localidades, el almacenero que antes fiaba hoy también tiene que pagar la luz con aumento y reponer mercadería con recargo. La cadena se corta por el eslabón más débil, y por eso la tasa de mora de las familias ya llegó al 12,7%. Es un número que asusta porque detrás de cada punto porcentual hay vecinos que conocemos por el nombre, familias enteras que empiezan a acumular deudas de luz o de gas que se vuelven impagables.
Incluso en los nuevos oficios que trajo la tecnología, la cosa está brava. Los jóvenes que andan en bicicleta repartiendo pedidos ya le deben casi un millón de pesos a las propias aplicaciones. Es una rueda que gira al revés, donde el trabajador termina financiando la herramienta de su propio esfuerzo. López, desde su banca pero con los pies en el territorio, reclama un debate legislativo para el desendeudamiento de las familias y un cambio de rumbo en las políticas del gobierno nacional. Porque al final del día, como bien sabemos en el campo, no sirve de nada que el tablero marque un buen resultado si la siembra se echó a perder por falta de cuidado. La economía real, la que importa, es la que le permite al trabajador llegar a su casa con la tranquilidad del deber cumplido y el plato lleno sobre la mesa.

