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De la ilusión de marzo a las urgencias de agosto: cuando a un equipo se le apaga la luz y la cancha se hace cuesta arriba

En los clubes del interior y en las tribunas de Núñez la paciencia tiene un límite. Crónica de una racha adversa que pone a prueba el temple de un cuerpo técnico en el fútbol argentino.

Uno que lleva décadas transitando las canchas del país sabe bien que el fútbol tiene tiempos muy parecidos a los del campo. Hay épocas de sembrar con tranquilidad y tardes donde la tormenta se viene encima sin pedir permiso. En Núñez se respira por estas horas ese aire pesado que precede a las decisiones importantes. Las cuatro derrotas al hilo que acumula la banda roja no son solo un número en la tabla; son el síntoma de un equipo que perdió la brújula y camina con la cabeza agachada.

El Chacho Coudet llegó allá por marzo, cuando las hojas del otoño empezaban a caer y la sombra de Gallardo todavía ocupaba cada rincón del estadio. En aquellos primeros partidos el equipo mostraba frescura y ganaba con la soltura de quien juega con el viento a favor. Se metió en los octavos de la Copa Sudamericana sin despeinarse y la gente en la tribuna se ilusionaba con un ciclo largo. Pero el fútbol es dinámico y lo que hoy parece una autopista asfaltada, mañana se convierte en un camino de huella profunda donde las ruedas se quedan empantanadas.

El tropiezo con Boca de local fue la primera grieta en la pared, de esas que uno ve en las casas viejas de los pueblos y sabe que hay que arreglar antes de que vuelva la lluvia. Después vino aquella final insólita con Belgrano de Córdoba, donde se les escapó la liebre por la puerta del chiquero en el último suspiro. Esos golpes calan profundo en el ánimo del jugador y, cuando los resultados no acompañan al inicio del siguiente torneo, la camiseta empieza a pesar el doble.

La eliminación ante Aldosivi en Mar del Plata fue una alarma que sonó fuerte en toda la provincia. Aquel tres a uno en la costa dejó en evidencia que al equipo se le cortó el hilo de la paciencia. Ya en el torneo local, tres caídas consecutivas por la mínima diferencia confirmaron que la pelota no quiere entrar y que la suerte le dio la espalda al entrenador. En cualquier club de barrio o en la primera de la liga del interior, cuando se pierden cuatro partidos seguidos, hasta el canchero empieza a mirar de reojo.

Sin embargo, la comisión directiva decidió aguantar el trapo y darle una vida más al técnico en el banco. En el fútbol, como en los partidos difíciles de visitante, a veces hay que aguantar el chubasco y meter la pata fuerte en la mitad de la cancha. Se viene la visita a Tigre en Victoria, el cruce de Copa ante los colombianos de Santa Fe y la cita con Argentinos Juniors. Tres paradas bravas donde no hay margen para la especulación ni para los firuletes innecesarios.

Los números fríos dicen que Coudet dirigió 22 partidos, ganó 12, empató 3 y perdió 7. Son cifras que en otro contexto marcarían una campaña aceptable, pero en el fútbol grande la memoria es corta y el presente manda. En los pueblos bonaerenses y en las grandes capitales la pasión se mide con la misma vara: si la pelota pega en el palo y entra, sos un sabio; si pega en el palo y sale, te buscan reemplazo antes del domingo. Las próximas semanas dirán si este equipo junta las líneas y sale del pozo o si la historia termina con el silbatazo final antes de tiempo.

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