La libreta fiada del pueblo, entre la frazada corta de los jubilados y los números fríos que llegan de la capital
En los caminos del interior bonaerense y la costa, las deudas no se miden con gráficos sino en la cara del vecino que estira los pesos para llegar al domingo.

Por estos pagos del interior bonaerense, donde el viento del sur despeja la bruma sobre el sembrado y en verano la costa se llena de ilusiones lejanas, las cosas se miden de otra forma. Uno que peina canas sabe bien que cuando en la fonda o el almacén el lápiz empieza a anotar en la libreta, la mano viene torcida. Nos quieren explicar la economía con planillas del Excel y palabras difíciles que cruzan por la televisión, pero el bolsillo criollo tiene una aritmética más simple: entra menos de lo que sale, y la mesa se hace cada vez más grande para tan poca comida.
Salió a hablar el ministro bonaerense, Carlos Bianco, contando que andan entregando escrituras y equipamiento por General La Madrid, Bolívar y Almirante Brown. Dijo con preocupación que los viejos se están endeudando feo para comprar el pan y los remedios de la semana. Uno mira para atrás, repasa los años vividos, y recuerda aquellas épocas donde el jubilado era el puntal del hogar, el que siempre tenía una moneda guardada en el cajón de la mesa de noche para regalarle un alfajor al nieto o invitar un asado el fin de semana. Hoy la cancha se dio vuelta por completo y nos dejaron jugando con un jugador menos y la cancha inclinada.
El panorama que traen los informes habla de fábricas paradas al sesenta por ciento, menos venta de autos, menos consumo de nafta y talleres que bajan la persiana. Cuando el motor de la industria se frena en las ciudades, el golpe rebota inmediatamente en la tranquilidad de los pueblos. En el campo siempre supimos que si al de la ciudad no le alcanza para comprar la carne o la leche, al productor de acá abajo se le complica vender la cosecha o la camada. Es una cadena donde estamos todos enganchados, nos guste o no nos guste.
Desde el gobierno central, allá en la Capital, el Presidente dice que nadie obligó a la gente a pedir prestado y que cada cual se tiene que arreglar con el banco. A uno le suena a esa típica charla de café donde el que va ganando el partido te dice que el árbitro cobra parejo. Decir que un jubilado de ochenta años tomó un crédito a sola firma por gusto o por especular es no haber pisado nunca la tierra yerma ni haber hecho la cola de la farmacia un martes a la mañana. No hay gambeta ni firulete táctico que alcance cuando los números no cierran al final de la jornada.
Casi seis millones de personas andan con las cuotas atrasadas por más de tres meses, según dicen las cuentas que hacen en los escritorios porteños. Son números helados que en la realidad del territorio se traducen en angustia cotidiana y persianas que se entornan. En la costa o en la pampa profunda, la economía no es una teoría abstracta de laboratorio; la economía es ver si la semilla germina, si hay trabajo para los muchachos del pueblo y si el plato de sopa humea en la mesa sin pedirle permiso ni deberle nada a nadie.

