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Entre las heladas del Puerto de Quequén y el barro de la política: los ruidos de Palacio que frenan la siembra

Mientras en la costa bonaerense el viento de invierno azota los galpones y la humedad frena las labores del campo, en el centro del poder político crujen las estructuras del oficialismo en medio de reproches cruzados.

Por estos días de agosto, cuando el viento frío entra de lleno por la escollera de Necochea y las heladas matutinas obligan a demorar la salida de los tractores, uno aprende a mirar las cosas con la pausa que da la tierra. Mientras el fogón de los galpones ayuda a pasar las primeras horas del día en el interior profundo, desde los despachos de la capital llega el estruendo de una pelea entre dirigentes que debieran estar tirando del mismo carro.

Dice la información que la vicepresidenta Victoria Villarruel y el jefe de Gabinete Diego Santilli se cruzaron feo en los papeles y en las pantallas. Él la mandó a juntar sus cosas y dar un paso al costado; ella le tiró con el manual republicano y lo acusó de parásito y conspirador. Como cuando en la cancha el central le entra fuerte al diez propio por un pase mal dado, la jugada terminó con la tribuna desorientada y el partido parado en la mitad del campo.

Estas discusiones de pasillo suelen parecer lejanas para quien anda preocupado por la humedad del suelo o el costo del combustible para la siembra fina. Sin embargo, cuando la cúpula del gobierno se mella por dentro, los platos rotos los paga el territorio, porque en el campo sabemos bien que si la yunta de bueyes no tira pareja, el surco queda torcido y la semilla no prende como corresponde.

El asunto de fondo no es menor, pues en la carpeta de acuerdos anda dando vueltas la suspensión de las elecciones primarias, esa ley de las PASO que altera los tiempos de la política. Santilli camina los pasillos negociando con los gobernadores de provincia, tratando de juntar las voluntades de quienes manejan los destinos de cada rincón del país, desde los valles patagónicos hasta los montes del norte.

Pero la última palabra la tiene el Senado, allí donde Villarruel sostiene las riendas y maneja los tiempos del debate legislativo. Sin el gancho de la vicepresidenta, las leyes quedan trancadas en las comisiones, exactamente igual que una camioneta vieja en un camino vecinal después de tres días de llovizna persistente.

Uno, que peina canas y ha visto pasar tantas cosechas buenas y malas, sabe que la política precisa temple y serenidad antes que chicanas de ocasión. En la alta competencia institucional conviene recordar la máxima del potrero: el que pierde la cabeza pierde la marca, y en este partido lo que está en juego es el rumbo de un país que necesita previsibilidad para producir y salir adelante.

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