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La lección que dejó el río: cuando el apuro de las oficinas choca de frente con la paciencia de la navegación

Del fondeadero a la mesa de firmas, el conflicto de los prácticos se destrabó cuando la política entendió que en las vías navegables no se puede acelerar a tirones. El costo de la demora y la necesidad de mirar el mapa entero.

A la altura del kilómetro ciento ochenta del Paraná, cuando el sol cae sobre la canaleta y el agua parece un lomo de plomo espeso, los barcos no entienden de decretos redactados en despachos porteños. El marinero que lleva años mirando el río sabe bien que para meter un buque de trescientos metros cargado de grano en una curva pronunciada no alcanza con la teoría económica de un libro. Hace falta un baqueano que conozca cada banco de arena, cada racha de viento y el humor cambiante de la corriente. Por eso, cuando desde la capital intentaron cambiar las reglas del juego de un plumazo, el río simplemente se plantó, recordándonos que en la navegación como en la vida las maniobras bruscas suelen terminar con el barco varado en el barro.

El paro de tres días de los prácticos de puerto no fue una huelga más en los diarios de la mañana. Fue un freno de mano puesto justo en la garganta por donde respira la producción nacional en este tiempo de verano y cosechas acumuladas. Cerca de ciento ochenta barcos quedaron haciendo raya en las zonas de fondeo, esperando una firma que les abriera el paso hacia los puertos del Gran Rosario y de la costa bonaerense. Las pérdidas se contaron por cientos de millones de dólares, un número escalofriante que le duele directo al bolsillo del chacarero y al camión que espera al costado de la ruta.

Quienes peinamos canas y llevamos décadas recorriendo los caminos de tierra y los puertos del litoral sabemos que la política suele cometer el error de mirar la economía con la ansiedad de un pibe que recién empieza a jugar en Primera. Querieron desregular el practicaje a la fuerza, argumentando costos y kioscos, pero se olvidaron de hablar con los que tienen el timón en la mano. Decía el ministro de Desregulación que el río tenía que ser una autopista; pero se olvidó de que en el agua no hay banquina ni auxilio mecánico si las cosas salen mal.

La reacción de la entidad que agrupa a los prácticos fue inmediata y firme. Explicaron con paciencia de viejo baqueano que ellos no son un monopolio ni un capricho regulatorio, sino algo muy similar a un controlador aéreo que le marca el rumbo exacto al capitán extranjero que desconoce nuestras aguas. Amenazar la capacitación que imparte la Armada o abrir la cancha sin medir las consecuencias sobre la seguridad era un centro pasado que nadie iba a poder cabecear. Cuando la seguridad de la carga y de la tripulación entra en duda no hay descuento tarifario que alcance para calmar las aguas.

Tuvo que intervenir la Casa Rosada con otro tono, corriendo del medio a los teóricos y poniendo sobre la mesa a hombres con más cintura para la negociación. El decreto se suspendió, el conflicto pasó a atenderse en el Ministerio de Seguridad y los prácticos aceptaron formalizar ese descuento del veinte por ciento que en la práctica ya venían otorgando a las navieras. Fue una especie de empate táctico donde el Gobierno tuvo que retirar la pierna para evitar que el partido se suspendiera de manera definitiva.

Ahora los buques empiezan a mover sus hélices despacio, soltando el amarraje y encarando la canaleta para descongestionar una fila que llevará varios días limpiar. Queda para el recuerdo de esta semana calurosa una lección que los viejos productores del interior conocemos de memoria: las cosas importantes del país se resuelven conversando con la gente que tiene los pies en la tierra o las manos en el timón. Esperemos que en las mesas que vienen reine la prudencia y no el apuro de los escritorios.

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