Vientos de tormenta en el Mercosur: cuando los desencuentros de la capital complican el trabajo en la frontera
El retiro del embajador brasileño deja al descubierto la fragilidad de un vínculo clave para nuestras economías regionales. Mirada sobre un choque que cruza ríos, rutas y campos de integración.

Quienes peinamos canas y llevamos décadas caminando los pueblos del litoral y la franja fronteriza sabemos que los vecinos no se eligen, se respetan. En el campo, cuando el alambre divide dos estancias prósperas, a nadie se le ocurre andar a los gritos con el dueño de al lado por más diferencias que existan en el boliche. La noticia de que el gobierno de Brasil decidió retirar a su embajador en Buenos Aires y dejar las cosas al mínimo de la diplomacia nos deja un sabor amargo, como cuando un partido parejo se descontrola porque los capitanes prefieren la discusión antes que mirar el tablero.
A lo largo de los miles de kilómetros de frontera que compartimos con el vecino del norte, el día a día se mide en camiones cargados de granos, manufacturas y repuestos que van y vienen por los puentes internacionales. En este tiempo de verano y cosechas pesadas, la logística regional necesita fluidez y previsibilidad en las oficinas para que el trabajo no se frene en las aduanas. Ver que los despachos de las capitales se tiran con carpetas e insultos mediáticos preocupa a quienes producen con la vista puesta en la exportación.
La política exterior de un país no es una cancha de fútbol donde uno pueda ir a hacer la tribuna en casa ajena sin esperar que la pelota vuelva con chanfle. La intromisión en la campaña electoral del país vecino y la seguidilla de declaraciones subidas de tono terminaron agotando la paciencia de un dirigente baqueano como Lula. El retiro del embajador Bittelli no es una simple formalidad de papelerío, es una luz amarilla encendida en la parrilla del camión.
Desde la Cancillería nuestra intentaron responder con comunicados duros, hablando de aislamiento e ideologías, pero lo cierto es que la diplomacia de largo aliento no se maneja con el impulso de un programa de televisión. En las provincias norteñas y en la cuenca del Plata sabemos muy bien lo que costó construir el Mercosur y abrir los canales comerciales que hoy sustentan miles de puestos de trabajo. Cuando las instituciones se degradan al nivel de encargados de negocios, el que termina pagando el costo es el que tiene la carga sobre el chasis.
Esperemos que con el correr de los días vuelva la cordura y la cabeza fría a los despachos del centro. Las naciones maduras entienden que los hombres pasan y las instituciones quedan, y que no hay diferencia política que justifique darle la espalda al principal socio de la región. En la vida del campo como en la alta política, para cosechar primero hay que saber cuidar la tierra y respetar al vecino de tramo.
