Los viejos huellones de la pampa bonaerense: el deterioro de los caminos rurales golpea el corazón productivo de la provincia
Un sondeo de la UADE refleja que casi el 80% de los productores encuentra graves problemas para sacar la cosecha. Entre pozos y zanjas, el campo insiste en arrimar soluciones compartidas con los municipios.

Caminar los campos de nuestra pampa bonaerense en tiempos de cosecha es entender que la riqueza de la tierra necesita de la huella firme para llegar a puerto. Quienes peinamos canas y hemos recorrido durante décadas la Cuenca del Salado y el sudeste sabemos que el camino de tierra es la arteria por donde respira el pueblo. Sin embargo, un reciente informe de la UADE le puso números a una realidad que el chacarero conoce de memoria: casi un 80% de los productores califica en mal estado las trazas viales de la región. El estado de los caminos rurales vuelve a ser el tema de conversación obligado en los mostradores de las cooperativas del interior.
A uno le toca recordar aquellos inviernos de lluvias copiosas donde sacar la producción era una proeza de cadenas, tractores encajados y paciencia criolla. La encuesta señala que tres de cada cuatro productores no pueden transitar sus caminos de forma continua a lo largo del año. En la vida del campo, cuando la hacienda está lista para el embarque o el cereal llena los silos bolsa, no se puede esperar a que el piso seque por semanas sin pagar un costo elevado. La imposibilidad de transitar libremente durante todo el año frena el ritmo natural de las faenas rurales.
Las cifras del estudio traducen en pesos lo que el paisano sufre en el fierro y en el bolsillo. Un 68% de los consultados reconoce pérdidas directas por no poder sacar a tiempo lo producido, mientras los fletes encarecen sus tarifas. Andar a los tirones entre los huellones profundos incrementa el gasto de gasoil en un 30% y destruye cubiertas que hoy cuestan una fortuna. Como en el fútbol de antes, cuando se jugaba en canchas embarradas y con la pelota pesada, el esfuerzo del camionero y del productor dobla su valor para cumplir con el flete. El desgaste de la maquinaria y el gasto extra de combustible erosionan el esfuerzo del trabajo de la tierra.
Argentina contiene medio millón de kilómetros de red rural, una inmensidad que representa más del 80% de las rutas que cruzan nuestro mapa. En ese recorrido inmenso, ocho de cada diez productores se quejan de la falta de carteles y la presencia constante de serios deforma mientos en la calzada. En las tardes de verano, cuando el polvo levanta y encandila, la ausencia de señalización adecuada convierte la vuelta al pueblo en un compromiso arriesgado para el vecino que regresa a casa. La escasez de carteles e indicadores de peligro aumenta los riesgos en los trayectos cotidianos de la gente de campo.
Sin embargo, en el interior la resignación no suele echar raíces porque la gente está acostumbrada a poner el hombro cuando la situación lo exige. Siete de cada diez encuestados expresaron su entera disposición para colaborar mano a mano con los municipios y las autoridades provinciales para reparar los trazados. Es la vieja costumbre de la minga y la vecindad: juntar voluntades para que el barro no aísle a la escuela rural ni detenga el paso de la producción que alimenta al país. El campo muestra una vez más su vocación de trabajo conjunto para arreglar lo que nos pertenece a todos.
