Las persianas que bajan en el interior bonaerense: el consumo no arranca y el mostrador siente el rigor
Un recorrido por las ciudades productivas de la provincia confirma que el impacto del menor consumo se siente en las calles céntricas. Entre alquileres altos y pocas ventas, los comerciantes del territorio pelean un partido cuesta arriba.
Quienes peinan canas recorriendo los pueblos y las ciudades del interior bonaerense conocen de memoria la música de las persianas al subir temprano en la mañana. Ese sonido metálico que anuncia el comienzo de la jornada en la mercería, la ferretería o el almacén de barrio representa el pulso vital de nuestras comunidades. Sin embargo, por estos días de septiembre, al caminar por las arterias céntricas de Olavarría, Chivilcoy o Necochea, el paisaje devuelve una imagen que preocupa a la gente de trabajo: mostradores vacíos, menos clientes circulando y carteles de alquiler que empiezan a acumular polvo en los vidrios de los locales.
Un relevamiento reciente le puso números a esta sensación que se palpa cuando uno charla con los vecinos al costado de la ruta o en las comisiones de fomento. Los datos marcan que más de tres mil cien establecimientos comerciales y pequeñas unidades productivas cerraron sus puertas en la provincia desde finales de 2023 a la fecha. No se trata únicamente de fríos balances contables que se analizan en una oficina capitalina; es el reflejo de familias que tuvieron que devolver el local porque las ventas cayeron, las tarifas apretaron y el margen de ganancia se volvió más fino que un hilo de coser.
El problema golpea tanto a los grandes centros urbanos como a las localidades pequeñas donde la vida cotidiana transcurre a otro ritmo. En La Plata las estadísticas oficiales muestran un acumulado de mil bajas de comercios, pero en ciudades como Tandil o Junín la situación se siente con la misma gravedad en el tejido social. Cuando en un pueblo chico de la pampa bonaerense cierra una fábrica o bajan la cortina una docena de negocios, el impacto es directo, como recibir un gol en contra sobre la hora cuando el equipo viene jugando un partido cansador.
Las cámaras comerciales del interior vienen advirtiendo sobre esta marejada que frena las contrataciones y achica las plantillas de personal en los distritos. En áreas productivas como Olavarría o Pehuajó la desocupación de locales en el centro ya roza el diez por ciento, mientras que los grandes mayoristas como la cadena Diarco bajaron la persiana en Tres Arroyos, Luján y Zárate. Quienes andan por las zonas costeras observan la misma postal de cautela: en Necochea o Mar del Plata, de cara a la temporada que viene, la vacancia de locales comerciales muestra que el bolsillo del vecino no está para gastos extraordinarios.
Para el hombre de campo y el comerciante de pueblo, la economía no se mide por discursos elaborados sino por el movimiento real en el mostrador del negocio. Si la gente tiene que recortar en los rubros más básicos como la ropa, el calzado o la mercadería diaria, la cadena de pagos se traba y el consumo se queda parado como vehículo en el barro. Habrá que esperar que afloje la presión de los costos operativos y que el poder adquisitivo vuelva a volcarse en las calles de nuestro territorio, porque sin un comercio local fuerte no hay ciudad del interior que pueda sostener su ritmo habitual de crecimiento y trabajo.

