Silencio en los telares marplatenses: la recesión frena las máquinas y apaga el motor productivo de la costa
A la vera de la histórica avenida Juan B. Justo, las persianas bajas muestran el doloroso repliegue de una industria emblemática del sudeste bonaerense.

Caminar por Mar del Plata en estos días deja una sensación parecida a la de recorrer los galpones del puerto cuando las lanchas no salen a pescar por el mal tiempo. En las arterias tradicionales donde antes resoplaba el vapor de las planchas y sonaba el runrún parejo de los tejedores, hoy domina un silencio pesado que preocupa a las familias obreras. Cada ciclo económico tiene sus marcas en el territorio, y en esta zona del litoral bonaerense la indumentaria siempre fue un termómetro preciso para medir cómo viene el consumo en el bolsillo de la gente. “Juan B. Justo, conocida como la Avenida del Pulóver, hoy exhibe persianas bajas y un consumo casi nulo”, explicó Priscila Makari en los micrófonos de LU9.
Uno ha visto pasar muchas cosechas buenas y malas, y sabe que cuando el mostrador se enfría en las ciudades de la costa, el impacto termina salpicando a toda la región. La gente de la Fundación Pro Tejer viene haciendo el número fino de esta parálisis que lleva más de dos años y medio desgastando los talleres. No se trata solo de un bajón de temporada como los que trae el invierno en la playa, sino de un freno de mano estructural que dejó a más de mil pymes con la persiana tirada sobre la vereda. Casi 7 de cada 10 máquinas están paradas hoy en los talleres, esperando un centro que nunca llega.
Como en aquellos campeonatos donde te cambian el reglamento a mitad de torneo, la apertura sin freno para la indumentaria importada y el ingreso masivo de la venta por aplicaciones dejaron descolocados a los tejedores del pago. A eso se le sumó en el último año y medio una novedad que lastima la memoria productiva: la llegada de camiones con fardos de ropa usada que cruzan la frontera desde el norte tras pasar por el desierto chileno. “Argentina corre el riesgo de convertirse en un nuevo basurero textil, con prendas que llegan deterioradas y terminan como residuos”, denunció la representante de la entidad.
En el interior de la provincia sabemos de sobra que el campo, la minería y el petróleo son motores fundamentales para mover la aguja del país, pero no alcanzan para darle trabajo a cada muchacho que busca su primer empleo en los barrios populares. Las fábricas de confección marplatenses fueron históricamente el refugio laboral para miles de familias de la Quinta Sección que encontraron en el telar su forma de vida. “La gente no tiene plata para comprar, en el mostrador no se vende ni nacional ni importado”, reflexionó Makari sobre la realidad cotidiana.
Cuando un taller histórico de la calle Juan B. Justo junta sus herramientas y liquida los restos de lana, se pierde un saber artesanal que llevó décadas afilar en la ciudad. Los comerciantes intentan capear el temporal mudándose al hilo invisible de la venta por internet para no pagar alquileres que se volvieron impagables, pero la demanda sigue flaca de ambos lados de la pantalla. “Hoy se cierran fábricas y pymes, y una fábrica que cierra es muy difícil de reabrir”, sentenció la especialista al mirar el horizonte.
Ver este panorama en la gran ciudad del sudeste provincial invita a reflexionar sobre la importancia de cuidar lo propio antes de abrir la tranquera de par en par. La industria textil marplatense no pide milagros ni ventajas indebidas, sino un terreno parejo para competir y un mercado interno con capacidad de compra para levantar la producción. Cuidar el trabajo en los talleres locales es la única garantía para que las ciudades de nuestra costa mantengan viva su identidad productiva.

