De la tranquera abierta al mapa sin límites: la Corte cambió las reglas del suelo argentino
En pleno invierno tardío, cuando el campo prepara la tierra para la siembra grande, el fallo del Máximo Tribunal reabrió la compra libre de hectáreas rurales a capitales extranjeros. Una mirada desde la tierra adentro, donde cada lote tiene historia, memoria y dueño.

Quien camina el campo sabe que la tierra no es solo un conjunto de hectáreas demarcadas por alambres de cinco hilos. Es suelo que se trabaja de sol a sol, es la reserva donde el productor arriesga el lomo en cada siembra y es, sobre todas las cosas, el patrimonio silencioso sobre el que se levanta la soberanía de una patria. Esta semana, mientras el viento frío todavía castiga los surcos en el interior bonaerense y la gente de trabajo mira el cielo esperando las lluvias de primavera, una noticia que bajó desde los tribunales porteños sacudió la tranquilidad de las pampas. La Corte Suprema de Justicia dejó sin efecto los límites legales que frenaban la venta de tierras rurales a compradores extranjeros, al devolverle plena vigencia a un artículo del decreto firmado a fines del año pasado.
Durante años, la ley marcó la cancha con claridad para evitar que el suelo productivo quedara desarmado frente a los grandes billeteranos del exterior. Aquella norma ponía un freno razonable: ningún titular de afuera podía superar el quince por ciento de las tierras de un municipio o provincia, ni tampoco quedarse con más de mil hectáreas en la codiciada zona núcleo. Era una forma de jugar el partido con la cancha nivelada y mantener la pelota en casa. Sin embargo, tras la decisión del Máximo Tribunal que rechazó el pedido de los excombatientes de Malvinas de La Plata por una cuestión de formas procesales, el artículo 154 del DNU 70 vuelve a dejar la tranquera de par en par para quien quiera comprar, sin importar de qué rincón del mapa provengan las divisas.
Para el hombre de campo, que conoce cada bajo, cada loma y el valor estratégico de los acuíferos, la tierra no es un activo financiero más que se compra y se vende como una acción en la bolsa. Por eso el debate caló hondo en la provincia profunda y en las economías regionales del norte y del sur. Hace apenas un mes, en los pasillos del Congreso, la discusión había mostrado que el asunto no era sencillo: gobernadores de provincias productivas y distintos sectores de la producción frenaron la intención oficial de tocar la Ley de Tierras. Aquella negociación parlamentaria se cayó porque en el territorio se entiende que la propiedad del suelo es el corazón del desarrollo local. Pero lo que la política no pudo cerrar en el Parlamento, terminó entrando por la puerta trasera de los tribunales.
Desde la costa atlántica, donde el mar golpea los acantilados y los campos maiceros casi que le rozan la espalda al agua salada, hasta los rincones más alejados de la Patagonia o del NOA, la preocupación por el dominio territorial es la misma. Un constitucionalista lo resumió de manera cruda en estas horas: desde ahora, cualquier Estado o persona extranjera puede comprar toda la tierra que desee, incluso en las zonas sensibles de frontera. Es un cambio de reglas de juego severo para quienes producen a fuerza de crédito local, gasoil caro y retenciones, compitiendo de igual a igual contra fondos de inversión internacionales que juegan en otra liga y con otra espalda.
En el fútbol, cuando la defensa se desordena y deja de marcar hombre a hombre en el área chica, el rival termina entrando caminando hasta el gol. Algo similar ocurre cuando se desmantelan las regulaciones sobre los bienes estratégicos de la Nación. No se trata de cerrarle la puerta a la inversión ni de mirar el mundo con desconfianza, sino de entender que la tierra rural es un recurso finito que no se puede fabricar de nuevo. Los viejos arrendatarios que peinan canas recuerdan bien las crisis donde el campo fue la única red de contención del país. Cuando el suelo pasa a manos lejanas, las decisiones sobre qué sembrar, cuánto producir y dónde liquidar se toman en oficinas que quedan a miles de kilómetros de la tranquera.
El fallo de los jueces Rosatti, Rosenkrantz y Lorenzetti se amparó en que los veteranos de guerra no tenían la representación adecuada para litigar por este tema. Una paradoja amarga para quienes ofrecieron la vida por la bandera en el sur y hoy ven cómo la discusión sobre la soberanía se resuelve por un formalismo de expediente. Mientras tanto, en los pueblos del interior la vida sigue su ritmo cansino, pero la mirada sobre el horizonte ya no es la misma. El mapa productivo argentino inicia un tiempo de incertidumbre sobre quiénes serán los verdaderos dueños de los campos del mañana.

