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El oro de los argentinos, los tropezones de la banca y la memoria de lo que cuesta guardar el grano

Como cuando un mal pronóstico arruina la cosecha, la Auditoría General confirmó que el Banco Central tropezó en el mercado financiero perdiendo mil millones de dólares con las reservas de la patria.

Quienes peinamos canas y hemos visto pasar tantas temporadas en esta tierra sabemos que el valor de las cosas verdaderas no cambia con el viento de la moda. En el campo, cuando uno guarda el trigo en el silobolsa o deja las vacas gordas en el potrero, sabe que tiene un respaldo para cuando vengan los años de sequía. Por eso, cuando desde la gran ciudad llegan noticias sobre el destino del oro de los argentinos, a uno le da por sentarse en la galería, armar un amargo y ponerse a pensar en cómo cambian las mañas pero no los hombres.

La Auditoría General de la Nación confirmó que el Banco Central perdió 1.023 millones de dólares jugando a las cartas en los mercados. Dice el informe de los auditores que durante el año 2025 la conducción del banco empeñó el oro de todos en unos instrumentos raros que llaman derivados. Querían adivinar para dónde iba a correr la liebre en los mercados del mundo, pero la liebre saltó para otro lado. Fue como salir a sembrar sin mirar el pronóstico del tiempo: el resultado fue un golpazo directo al bolsillo de la patria.

A uno le viene a la memoria cuando en los pueblos de la pampa húmeda o en las charlas de café cerca de las escolleras de Necochea y de Quequén la gente hablaba de las reservas con respeto reverencial. El oro era aquello que estaba guardado bajo siete llaves en la bóveda, la tranquilidad de la peonada. Juan Manuel Olmos advirtió que nunca se había visto una pérdida de semejante magnitud por usar el oro físico en apuestas de riesgo. Y tiene razón el hombre. Es como si el dueño de una estancia decidiera apostar las escrituras del campo a la ruleta para ver si paga la pintura del chalet.

La paradoja es tan grande como una cancha de fútbol en domingo soleado. Resulta que en todo el mundo el oro no paró de subir y dejó una ganancia de papel de ocho billones de pesos para las arcas públicas. El metal subió de precio solo en el mundo, pero las decisiones de los técnicos terminaron quemando las divisas en el mostrador. El metal valía más porque las gestiones de antes lo habían ido juntando grano sobre grano, como quien arma un rodeo de a poco. Pero las decisiones de los muchachos de saco y corbata terminaron haciendo que se esfumara una fortuna en pagar comisiones y malas jugadas.

En la costa y en el interior profundo sabemos bien lo que significa perder la cosecha por un exceso de confianza. A diferencia del fútbol, donde un mal cambio en el segundo tiempo se arregla el domingo que viene, en las arcas del Estado las pérdidas las paga la gente de a pie. Las posiciones financieras ya se cerraron, dicen los papeles, pero la cuenta la terminan pagando los que levantan la persiana todos los días en la provincia.

Ahora la auditoría avanza sobre el rastro de los lingotes que salieron del país en los barcos y los aviones. Mientras tanto, nos queda la lección de siempre: el trabajo de la tierra y la producción no entienden de especulaciones ni de cuentas raras. Cuando se pierde el sentido de la prudencia, hasta el granero más lleno termina mostrando el fondo de madera.

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