De Arroyito a las brasas del domingo: la vigencia del centro al área en una tarde de tardeada y milagro
En el césped rosarino, donde el Paraná bordea la pasiones de la patria futbolera, Boca levantó un 0-2 de la mano de Valencia cuando el partido pedía chapa, oficio y memoria de potrero.

Hay tardes en que el fútbol se parece demasiado a esos partidos bravos de la liga del campo, donde el que pega primero parece llevarse la vaca atada. Rosario amaneció con ese aire fresco del río que cruza la provincia, ideal para sentarse a escuchar la radio con unos mates amargos mientras la pelota rueda en la cancha de Arroyito. Todo presagiaba una jornada tranquila para los muchachos de Avellaneda, que arrancaron pisando fuerte en la cancha.
Casi sin despeinarse, como esos equipos veteranos que saben caminar la cancha, la Academia se puso en ventaja con una avivada de ésas que ya poco se ven. Gastón Lodico metió un corner ensogado, combado y al segundo palo, que se le metió a Brey sin pedir permiso a los 19 minutos de juego. Uno miraba el partido desde el sillón y pensaba que la suerte ya estaba echada en el barro santafesino, porque el fútbol de antes nos enseñó que dos goles en contra son una loma pesada de subir.
Para colmo de males, cuando la segunda mitad recién abría los ojos, Maravilla Martínez agarró una pelota viva en el área y la mandó a guardar de volea. Parecía asunto concluido, de esos domingos donde el tractorista se vuelve temprano a la casa porque la lluvia liquidó la jornada de trilla. Racing tocaba con la serenidad del que se sabe dueño de la quinta y la tribuna ya preparaba los festejos para el viaje de vuelta por la ruta.
Pero el fútbol tiene esa cosa linda de los tiempos largos, donde nunca hay que festejar antes de que la hacienda entre al toril. El Vasco Arruabarrena movió el banco de suplentes y mandó a la cancha al ecuatoriano Enner Valencia, un muchacho con pasta de pescador de área de los de antes, de esos que esperan su momento entre los yuyos altos. Y a partir de ahí, el partido cambió de querencia.
A los 27 del segundo tiempo vino el primer aviso, con un testazo limpio de Valencia que mandó la pelota a la red para achicar la cuenta. Uno, que peina canas y ha visto remontadas legendarias desde la época en que la pelota era de tiento, sintió en el ambiente ese murmullo inconfundible de que la cosa se ponía linda. Boca empezó a empujar con más coraje que libreto, como los equipos de pueblo cuando se viene la noche y aprieta el frío.
Apenas unos minutos más tarde, el mismo Valencia metió el frentazo del empate abajo del arco y encendió las tribunas de la ciudad santafesina. Era el 2 a 2 y el trámite olía a esa épica de potrero que tanto gusta en el barrio de La Boca y que resuena en cada rincón del interior del país. Racing, que había hecho todo para liquidarlo, empezó a mirar el reloj con la angustia del que ve venir la tormenta sobre la cosecha sin haber juntado el grano.
Y cuando el cronómetro marcaba el quinto minuto de descuento, cayó otro centro llovido al corazón del área como mandan los viejos libros. Valencia saltó más alto que todos en el aire rosarino, clavó el tercero junto al palo y desató un festejo que se escuchó desde el puerto de la capital hasta las playas de Mar del Plata. Boca le ganó 3-2 a Racing, sacó boleto para jugar con Banfield en semifinales y nos recordó a los viejos plateístas que en el fútbol, como en la vida misma, hasta que no suena el pitazo final no hay nada dicho.
