De la vestimenta rota a las aulas frías: las verdaderas marcas que la pobreza deja en la infancia de nuestra tierra
El informe de la UCA sobre la falta de ropa y zapatos en cuatro de cada diez chicos nos invita a reflexionar sobre lo que significa crecer con privaciones en las provincias y el campo profundo.

Quienes peinamos canas y caminamos desde hace décadas el territorio nacional sabemos distinguir cuándo las noticias traen el peso de la realidad cruda. En estos días calurosos de febrero, donde la atención suele dispersarse entre las playas de la costa atlántica y el movimiento cansino de los pueblos del interior, un informe de la Universidad Católica Argentina nos devuelve a la tierra con un dato desgarrador. Nos dicen que cuatro de cada diez chicos no tienen forma de estrenar un par de zapatillas o comprarse una muda de ropa adecuada. En los parajes rurales y las barriadas de provincia, la falta de calzado no es un número, sino el barro y la helada que se sufren en el cuerpo.
Menciona la especialista Ianina Tuñón que la vestimenta no es un lujo ni un capricho del consumo, sino parte fundamental de la identidad de un muchacho. En el club de barrio o en la plaza del pueblo, andar con las prendas gastadas o heredadas a la fuerza afecta la autoestima y las ganas de integrarse con los pares. Es como cuando un pibe entra a la cancha con los botines rotos y se frena a mitad de camino por vergüenza, perdiendo la alegría simple de jugar a la pelota con los amigos de la cuadra. La escasez material cala hondo en el ánimo de los más chicos y los va alejando del grupo de pertenencia.
El estudio de la UCA repasa los números de 2018 a 2026 y aclara que, si bien la pobreza bajó desde el pico tremendo del 70,4% en 2024, hoy sigue golpeando al 42,5% de las infancias. La indigencia se ubica en casi el 10%. Las asignaciones de la AUH y la Tarjeta Alimentar ayudan a que la caldera no explote, pero no alcanzan para sacar la carreta del pantano. Las ayudas estatales son un auxilio indispensable en la emergencia, pero no resuelven la falta de trabajo y dignidad en las familias del interior.
En la diaria se ve cómo esta situación golpea las escuelas de los municipios bonaerenses y de las provincias norteñas. Cuatro de cada diez padres admiten que a sus hijos les cuesta aprender o que perdieron el entusiasmo por ir a clases. Es un círculo vicioso: si falta el abrigo y falta el alimento, la cabeza de un chico no tiene el descanso necesario para concentrarse en los libros. Lo que no se cuida ni se alimenta durante los años del crecimiento de la infancia difícilmente se pueda recuperar más adelante.
Las autoridades y la dirigencia nacional deberían escuchar el murmullo que llega desde las provincias con mayor atención. Crecer en la pobreza crónica deja marcas profundas que no se tapan con estadísticas acomodadas a fin de mes. El futuro de nuestra producción y del trabajo nacional se siembra hoy en las aulas y en las casas de las familias trabajadoras. Para levantar una buena cosecha en el país, primero hay que cuidar con dedicación a los brotes más jóvenes de nuestra tierra.
