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El ahogo del crédito chico aprieta a las familias del interior y expone las grietas del bolsillo cotidiano

Los deudores irrecuperables sumaron 1,3 millones de personas en un año. En el interior profundo y las economías regionales, el golpe del endeudamiento chico hace mella en el consumo básico de las casas.

Quienes peinamos canas y llevamos décadas recorriendo los caminos del país sabemos que las cuentas de la casa se parecen mucho al manejo de una chacra. Cuando el agua escasea y el pasto no rinde, hay que saber administrar el grano para que la hacienda no pierda kilo. Sin embargo, cuando la frazada queda corta durante tantos meses seguidos, la cuenta de la almacén empieza a estirarse más de la cuenta. Las cifras que llegan desde las oficinas del Banco Central confirman lo que uno escucha en los mostradores de nuestros pueblos: los deudores calificados como irrecuperables crecieron un 60% en solo doce meses.

En las charlas de café o en la mesa familiar de las zonas rurales, el tema del crédito siempre se trató con respeto. El abuelo nos enseñaba que endeudarse no era malo si era para comprar un tractor o levantar un galpón, pero la cosa cambia cuando se pide prestado para comprar la yerba. Las estadísticas del Instituto Argentina Grande muestran que hoy hay más de tres millones de compatriotas en una situación crítica, y la sorpresa aparece al mirar los montos. Como cuando un equipo modesto agunta el partido pero se queda sin resto físico en el segundo tiempo, la mitad de los deudores incobrables debe $77.900 o menos.

El mapa de esta aflicción no es parejo y muestra heridas profundas en el territorio nacional. En las provincias del Norte y la región de Cuyo, allí donde la producción y el empleo estatal suelen marcar el ritmo de las economías locales, la falta de resto financiero se siente con mayor crudeza. Las planillas ubican a La Rioja a la cabeza de la mora con un 26%, seguida de cerca por tierras santacruceñas y puntanas. Para las familias de esos pagos, el retroceso del salario real y las tasas altas terminaron por estrangular el crédito para el consumo.

Hay un dato que causa particular amargura a quienes vimos pasar tantas etapas en la historia del país. La gente joven, esa que debería estar levantando su primera casa o proyectando un futuro en la actividad productiva, es la que peor la está pasando. Casi cuatro de cada diez muchachos de entre 15 y 29 años registran atrasos en sus pagos. Cuando cuatro de cada diez jóvenes no pueden cumplir con sus compromisos financieros, queda claro que el problema no es la falta de voluntad para saldar las deudas, sino un sistema que dejó de ofrecer certezas para el trabajo diario.

En las casas de venta de electrodomésticos de los pueblos, donde antes se sacaba un televisor o una cocina a sola firma, hoy las carpetas se llenan de deudas vencidas. Uno de cada dos pesos prestados en esos comercios tradicionales de provincia se encuentra en situación de mora. Como en las épocas de mala cosecha o sequía prolongada, el comercio de cercanía resiste el embate del ahogo económico familiar, a la espera de que el trabajo y la producción vuelvan a acomodar los melones en el carro.

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