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La vuelta al barro de Caraza, las charlas de balcón y la pausa necesaria cuando el resultado de la pelota no acompaña

Facundo Medina y el Flaco López caminaron por las calles de Lanús tras el trajín del Mundial. Entre vecinos, mate y recuerdos de potrero, los muchachos aclararon los tantos lejos del ruido de las redes.

 Hay una hora de la tarde en los barrios del conurbano donde las sombras se alargan sobre las veredas y la charla fluye sin el apuro de los relojes. Volver a Villa Caraza después de semejante trajinada por los estadios de Estados Unidos es como descalzarse en el patio de tierra tras una jornada pesada. Facundo Medina conoce de memoria cada esquina de Lanús, esos lugares donde el polvo se pega a los tobillos y los chicos sueñan con una pelota que rueda entre baldosas flojas.

El pibe que hoy viste la camiseta del Marsella no llegó solo a su pago. Vino acompañado por el Flaco López para tomar un poco de aire fresco y olvidarse por un rato de la final perdida ante los españoles. Es una costumbre bien de pueblo y de barrio: cuando la helada te quema la cosecha o las cosas no salen como uno quiere en la cancha, lo mejor es juntarse con los propios, arrimar una silla a la vereda y dejar que el tiempo acomode las melancolías.

Asomados a un balcón sencillo, como quien saluda a los vecinos en la fiesta patronal del pueblo, los muchachos tuvieron que salir a poner orden frente a tanto palabrerío que anda dando vueltas. “No crean boludeces, ustedes vieron que siempre fue un grupo bueno”, dijo Medina con la franqueza simple del que se crió sin vueltas. En estos tiempos donde las noticias corren más rápido que el agua en la canaleta durante la tormenta, hacía falta que alguien hablara de frente y sin el casette de los compromisos oficiales.

El dolor de no haber podido traer la copa de nuevo está ahí, latente como una quemadura de sol en plena cosecha de verano. Sin embargo, el muchacho tuvo la madurez de acomodar los melones en el carro al recordar que hay cosas más profundas que noventa minutos de juego. “Hay cosas más importantes que un partido de fútbol en la vida, hay que ser buena gente”, soltó para dejar en claro que la dignidad no se mide únicamente por una medalla colgada al cuello.

El Flaco López también dejó su huella en la conversación con la gente que se arrimó a saludarlos con un calor humano que no se compra en ninguna parte. “El mayor orgullo que tenemos nosotros es venir de donde venimos”, remarcó el atacante con esa identidad del interior y del conurbano que no se pierde por más viajes o luces de Europa. Es esa misma pertenencia que siente el paisano cuando regresa a su chacra después de andar ganándose el pan en tierras ajenas.

Así pasó la tarde en Caraza, entre aplausos sinceros, fotos de aire familiar y la tranquilidad de haber dicho la verdad a la cara. Medina y López se refugiaron en el territorio que los vio nacer para curar las heridas de la derrota. Porque al final del día, cuando el ruido del estadio se apaga y las luces se apagan, lo único que queda firme es la tierra que pisás y la gente que te vio dar los primeros pasos.

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