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Motores que rugen bajo el sol húngaro y las mañanas de tierra abierta que nos enseñan a esperar la cosecha justa

Entre la polvareda de los caminos y el calor de los talleres, las carreras nos recuerdan que de nada sirve empujar el carro si los pernos de las ruedas no vienen bien apretados desde el galpón.

Mirando las noticias que llegan de tierras lejanas, allá por Europa, uno no puede evitar acordarse de cómo se vive el tiempo en el campo cuando el sol apreta fuerte en pleno verano. Dicen que en el circuito de Hungaroring el asfalto quemaba a casi cincuenta grados, una de esas tardes bravas que acá en la costa o al costado del alambrado te obligan a buscar la sombra de un eucalipto y a preparar el mate bien amargo para ver pasar las horas. Allá lejos corren autos que parecen aviones pegados al suelo, pero las mañanas de pruebas tienen el mismo gusto que cuando uno sale temprano a revisar los potreros para ver qué rindes va a dar la siembra.

En el deporte como en la vida del pago el que se apura a cantar victoria antes del silbato final suele quedarse con las manos vacías. El pibe Charles Leclerc metió una vuelta limpia, de esas que salen cuando el chasis responde y el motor suena parejo como tractor nuevo recién puesto a trabajar. Le sacó casi medio campo de ventaja a los experimentados como Verstappen y Hamilton, demostrando que cuando el auto va sobre rieles no hay barro ni huella poceada que lo pare. Parecía esos centrodelanteros de antes que reciben la pelota con espacio, se acomodan sin despeinarse y la clavan en un ángulo antes de que los defensores alcancen a cerrar.

Pero la lección más clara del día no la dio el que salió primero en la planilla, sino la gente del equipo Aston Martin. Habían llevado repuestos nuevos y reformas al taller, buscando que los autos caminaran un poco más rápido para no quedarse atrás en la tabla. Cuando parecía que los pingos empezaban a responder en la pista un fierro de la suspensión trasera del auto de Stroll dijo basta y dejó al equipo con las manos vacías. Es exactamente lo mismo que le pasa a un paisano cuando invierte en una sembradora moderna pero se le corta un perno de la lanza en medio de la cancha; la máquina puede ser una maravilla, pero si falla la pieza que sostiene la estructura no hay forma de terminar la jornada sin llamar al remolque.

Mientas tanto, Fernando Alonso tuvo que armarse de paciencia para salir a estirar las piernas cuando la pista volvió a quedar limpia de escombros. El asturiano, que ya peina canas y sabe de sobra cuántos pares son tres botas, logró meter su auto en el puesto trece mostrando que los retoques al motor no eran puro verso. Para ganar un campeonato no alcanza con tener un motor potente si los cimientos de la estantería tambalean en la primera curva. Es como armar un plantel para jugar el torneo regional; si tenés dos delanteros goleadores pero la defensa hace agua en las pelotas paradas, los domingos se hacen largos y el sufrimiento no te lo saca nadie.

En el otro extremo de la fila le tocó bailar con la más fea a Carlos Sainz. El muchacho anduvo renegando toda la mañana con fallas eléctricas y con la radio que se le cortaba a cada rato, como cuando se cae la señal en el medio del campo y no hay forma de avisarle al puestero que se escapó un ternero por la picada. Terminó último en los registros, mascando bronca pero sabiendo que en este oficio siempre hay revancha al día siguiente si los mecánicos le ponen lomo al asunto durante la noche.

Así se fue consumiendo una jornada calurosa donde la tierra húngara dejó ver quiénes tienen los pingos en orden y a quiénes les falta ajuste. La temporada va llegando al descanso de mitad de año y cada punto sumado vale como un saco de trigo en época de sequía. Ya habrá tiempo para que los motores descansen y los pilotos se vayan a la playa a estirar las piernas, pero por ahora la moneda sigue en el aire y la tierra seguirá levantando polvareda en cada frenada.

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