Aranceles norteamericanos en la costa bonaerense y la calma con que los viejos productores miran las tempestades del puerto
Mientras desde los despachos norteamericanos se firman planillas con nuevos impuestos, los paisanos de la provincia saben bien que entre el rinde del potrero y la descarga en el galpón siempre hay que capear algún temporal de afuera.

Caminando por las calles de Necochea en este pleno invierno de julio, cuando el viento del mar viene limpio y el frío se cuela por la rendija de la boina, uno no puede menos que recordar cómo cambian las cosas de un día para otro en este oficio de producir. Llegan noticias desde el norte diciendo que el gobierno estadounidense le puso un sello a los papeles y fijó un arancel del diez por ciento a todo lo que sale de nuestras tierras hacia sus puertos. En los cafés del puerto se habla de números y planillas, pero los que peinamos canas sabemos que esto es como jugar un partido con la cancha embarrada: por más que el árbitro juegue en contra, el equipo que tiene buena preparación física termina encontrando la vuelta para sacar el centro al segundo palo.
Las estadísticas del Ministerio de Economía provincial indican que entre enero y mayo Buenos Aires exportó más de doce mil millones de dólares. Son números abultados que equivalen a casi un tercio de todo lo que el país le vende al mundo exterior. Por estos pagos bonaerenses la hacienda y la siembra venían empujando parejo para capear la falta de venta en el mercado local. Se enviaron barcos llenos de carne bovina deshuesada y congelada por montos que superaron los mil cien millones de dólares en lo que va del año, y una cuarta parte de esos cortes terminó en las mesas de los norteamericanos.
El norte se había convertido en un comprador de peso, llevándose en mayo nomás unos ciento setenta millones de dólares en productos salidos de nuestros campos y talleres. Pero en esto del comercio internacional no hay que ensillar antes de tener la cincha bien apretada. Las promesas que se firmaron con gran despliegue a principios de año quedaron guardadas en un cajón y ahora nos imponen las mismas condiciones que a un lote de veinte países distintos. Es como cuando el patrón de la estancia te promete un aumento de sueldo para la zafra pero a mitad de camino se viene una helada tardía que quema la pastura y hay que barajar y dar de nuevo.
Los frigoríficos y las industrias de la provincia sienten el golpe porque vender afuera era la tabla de salvación para no apagar los motores de los talleres. Las manufacturas industriales explican más de un tercio de lo que mandamos al exterior y los granos de la cosecha representan otro tanto. Cuando te cambian las reglas de juego en la mitad del torneo el técnico tiene que mover el banco para no quedar desprotegido. La hacienda bonaerense y los embarques de trigo que salen por los puertos de nuestra costa van a tener que pelear el precio centavo a centavo para no perder espacio frente a otros competidores que entran sin pagar peaje.
En el campo estamos acostumbrados a que los años buenos vengan seguidos de alguna seca o de un cambio de viento en los mercados. No hay cosecha que se salve si el productor no guarda un resto en el silobolsa para pasar el invierno. Habrá que ver si en las oficinas diplomáticas logran sacar alguna excepción para las carnes o los granos, pero mientras tanto la gente de trabajo sigue madrugando antes de que salga el sol. Los tractores seguirán saliendo a la cancha y el ganado seguirá ganando kilos en los potreros, porque al final del día la tierra siempre termina dando su fruto más allá de las planillas que se firmen a miles de leguas de acá.

