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Se fue Chiche Gelblung: el pibe de Devoto que hizo del periodismo un oficio de trinchera

Murió a los 82 años Samuel Gelblung. Creció en la capital, vendió enciclopedias en la calle y terminó convirtiéndose en un referente ineludible de la radio y la televisión argentina.

Hay hombres que parecen no detenerse nunca, como si el tiempo fuera un rival al que hay que jugarle siempre al límite, apretando la marca en mitad de cancha sin pedir la hora. Samuel Gelblung, a quien todos conocieron simplemente como “Chiche”, se fue de este mundo a los 82 años dejando la sensación de que su vida fue un partido largo, peleado en cada metro de césped. Había nacido en el barrio porteño de Villa Devoto allá por 1944, en el seno de una familia de clase media con arraigo en la militancia política. A los catorce años decidió armar el bolso y salir a buscarse la vida vendiendo medias y enciclopedias por las calles de la ciudad. En esos años juveniles, sin afiliaciones de comité ni cargos en la función pública, se fue formando entre las lecturas de las bibliotecas populares y las noches dormidas sobre cajones en depósitos de comercio.

El oficio periodístico no le llegó por la vía de las aulas ni por acomodo, sino por el barro del trabajo diario en las salas de redacción. A mediados de los años sesenta se incorporó a la revista Gente y desde allí le tocó mirar de frente grandes conflictos internacionales en tierras lejanas como Vietnam o el Biafra. Quienes peinan canas recuerdan que Gelblung fue un hombre de la gráfica clásica, de redacciones ruidosas donde el papel carbónico y la máquina de escribir marcaban el ritmo de las horas. Sin embargo, su estampa cambió de ritmo cuando desembarcó en la pantalla grande de los hogares de todo el país en los años noventa.

Para la gente del interior, para quienes miran el país desde el campo o las ciudades de provincia, Gelblung se transformó en una voz familiar a través del televisor. Con el programa “Memoria”, lanzado en 1994, cambió la forma de contar los policiales y las historias de la gente común. Sabía manejar los tiempos como un número diez antiguo: frenaba la pelota, levantaba la cabeza y tiraba el centro donde más le dolía al rival de turno. Daba igual si se trataba de una investigación sobre la corrupción o de un informe insólito sobre el espacio exterior; el hombre lograba que la gente del campo, los laburantes de la costa y la peonada del pueblo se sentaran a la mesa a escuchar lo que tenía para decir.

No fue una figura fácil ni buscó el aplauso de la tribuna. A lo largo de sus más de cincuenta años de trabajo acumuló odios, peleas celebres en los pasillos de los canales y reclamos ante los tribunales de justicia. Tuvo desencuentros memorables con referentes del espectáculo y también con hombres de la política nacional que pretendían amoldarlo a sus intereses. Él prefería definirse como un hombre de confrontación, alguien que no estaba para caerle bien a los dirigentes sino para hacer las preguntas incómodas que nadie más quería hacer al aire.

En sus últimos años, cuando la salud le empezó a jugar una mala pasada y los médicos le pidieron que aflojara la marcha, prefirió seguir en el barro. Superó internaciones graves, intervenciones en el corazón y reapareció en la pantalla en silla de ruedas antes que quedarse sentado mirando el paisaje desde la ventana de su casa. Acompañado siempre por su esposa Cristina y sus tres hijos, trabajó casi hasta el último día como aquellos viejos paisanos que solo dejan la pala cuando la luz del sol ya no alcanza. Con su partida se apaga la vida de un hombre que entendió los medios de comunicación no como un pedestal de doctrina, sino como un escenario donde hay que salir a jugar todos los días con los dientes apretados.

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