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Vientos de tormenta en la gran aldea global: del fútbol a los mostradores de la Capital

Entre disputas lejanas de la televisión y el eco de las redes sociales, la visita de una cantante extranjera termina chocando con la realidad de un público que exige respuestas.

Hay días en que da la sensación de que el mundo se ha vuelto un lugar demasiado pequeño y estridente. Ocurre a menudo cuando las discusiones de afuera pretenden explicar la vida de acá sin haber pisado jamás la tierra ni haber tomado un mate a la sombra. El fútbol, que en estas latitudes suele ser un espejo donde nos miramos con todas nuestras luces y sombras, volvió a encender pasiones y viejos enconos tras la final del Mundial. Y en esa marea de palabras cruzadas, una chispa involuntaria terminó encendiendo un lío bárbaro que salpicó las boleterías de la gran capital.

Resulta que la cantante española Rosalía, que tiene previstas cuatro presentaciones en Buenos Aires para encarar el mes de agosto, quedó enredada en una polémica por replicar un mensaje burlón tras la definición de la copa. A veces una palabra dicha a la ligera en esos aparatos modernos equivale a errar un penal sobre la hora con la cancha llena. La artista intentó pedir disculpas rápido, explicando que apenas había prestado atención al contenido, pero la indignación de la gente ya había echado a rodar y el daño estaba hecho.

El asunto trascendió las palabras cuando la gente decidió hacer valer su bolsillo. Cientos de vecinos que habían comprado su entrada con la ilusión de ver un buen espectáculo salieron a pedir la devolución de su dinero. Pero se chocaron de frente con la respuesta fría de las empresas organizadoras, que se escudaron en la letra chica de los contratos para decir que el plazo legal para arrepentirse ya había pasado y que la única salida era pasarle el boleto a otro.

El conflicto deja ver una maña vieja que no distingue entre el campo y la ciudad. Cuando hay que cobrar la entrada la ventanilla está abierta de par en par, pero cuando hay que dar la cara los mostradores se vuelven de piedra. Quienes conocemos el ritmo pausado de las estaciones y sabemos que el respeto al vecino se construye cumpliendo la palabra empeñada, vemos con cierta melancolía cómo estas corporaciones manejan las cosas con la frialdad de los números.

Por si fuera poco, la discusión de fondo viene encendida desde más lejos. Filósofos, actores de Hollywood y políticos de otros continentes han salido a opinar con liviandad sobre la historia y la gente de nuestra tierra, como si se pudiera juzgar el monte sin haber caminado sus senderos. Pretenden enseñarnos quiénes somos desde la comodidad de un estudio de televisión a miles de kilómetros de distancia. Mientras tanto, acá en el territorio, la gente común sigue haciendo su camino, esperando que el sentido común prevalezca y que, tanto en el fútbol como en los negocios de la cultura, se respete el trabajo y el esfuerzo de quienes pagan su entrada.

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