Un país en duelo y una política que no sabe correrse del medio
Mientras el pueblo llora al Indio, la dirigencia aprovecha el ruido para mostrarse unida.

Hay muertes que detienen el tiempo. La del Indio Solari fue una de esas. No hizo falta que nadie avisara nada: el país entero sintió el golpe al mismo tiempo, como cuando un equipo pierde a su capitán en la mitad del campeonato. De pronto, miles de personas se volcaron a las calles, a las plazas, a los lugares donde alguna vez sonó su voz. Y mientras el pueblo hacía lo que sabe hacer —abrazarse en la tristeza—, la política volvió a hacer lo suyo: aparecer donde no siempre es bienvenida.
El fallecimiento del Indio abrió una herida profunda, y en ese clima de duelo aparecieron Máximo Kirchner y Axel Kicillof retomando un diálogo que venía roto. No es que esté mal que hablen; al contrario, siempre es mejor que los dirigentes conversen antes que se tiren piedras. Pero la escena dejó un sabor extraño. En medio de la conmoción, mientras la familia del músico intentaba decidir dónde despedirlo, la política bonaerense y nacional se movía como si estuviera disputando un clásico: cada uno buscando su lugar en la foto, su gesto, su declaración.
El gobierno nacional arrancó mal y siguió peor. Primero, la represión a los fans que se acercaron a Plaza de Mayo. Después, la negativa a abrir el Congreso para el velorio, como si el edificio no hubiera albergado despedidas históricas. Más tarde, el ofrecimiento improvisado de Tecnópolis, que sonó más a intento de corregir un error que a una decisión seria. Y en el medio, funcionarios buscando desesperadamente un contacto con la familia que nunca llegó. Un desorden que no sorprendió a nadie, pero que igual dolió.
En ese vacío, la Provincia se movió rápido. Kicillof puso a disposición la Legislatura, la Gobernación y cualquier espacio que pudiera servir. Máximo, por su parte, se acercó a Parque Leloir para hablar con los familiares del Indio. Y ahí es donde el clima se volvió raro. Porque mientras el país lloraba a un ícono popular, la política empezaba a tejer sus propios movimientos, como si la muerte del Indio hubiera abierto una ventana para recomponer relaciones internas.
No es que uno espere pureza en la política —a esta altura, sería como pedirle a un arquero que ataje un penal con los ojos cerrados—, pero sí se espera un poco de prudencia. El Indio no era un dirigente, no era un símbolo partidario, no era un trofeo para mostrar en una interna. Era, y seguirá siendo, un pedazo enorme de la cultura argentina. Su despedida merecía menos rosca y más silencio.
Mientras tanto, la familia del músico pedía tiempo, respeto y paciencia. Anunciaron que el velorio sería el sábado, pero sin confirmar el lugar. No querían que fuera en Parque Leloir, y tampoco querían que la política se adueñara del momento. Preferían el Congreso, aunque desde el oficialismo insistían en que no era posible. Entre versiones, ofrecimientos y desmentidas, el país seguía esperando un gesto simple: un lugar digno para despedir al Indio.
Lo que quedó claro en estas horas es que la gente entiende mejor el duelo que la dirigencia. Los fans se organizaron solos, sin banderas ni consignas. La política, en cambio, volvió a mostrar su dificultad para correrse del centro de la escena. Y en ese contraste, la figura del Indio se agiganta aún más: un artista que nunca buscó poder, pero que terminó generando movimientos que ni los propios protagonistas esperaban.
El país está de luto. Y en ese luto, lo más sano sería que la política acompañe sin invadir, como cuando un buen volante sabe cuándo tocar corto y cuándo dejar que la jugada siga sola. Porque esta vez, más que nunca, el protagonista no es ningún dirigente. Es el Indio. Y el pueblo que lo despide.

