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Vientos de tormenta en el Norte y el recuerdo de cuando la política no frenaba los camiones

El canciller brasilero llamó a nuestro embajador en Brasilia tras los roces verbales de los mandatarios. En las rutas del Sur y en los puertos de la costa sabemos bien que, pase lo que pase en los despachos, el camión con trigo y la barcaza con soja tienen que seguir viaje.

Uno junta canas en este oficio y aprende a mirar las cosas con el paso pausado del que sabe que el sol siempre vuelve a salir por el Este, allá cerca del mar. Por estos días de verano, mientras la mirada se divide entre los rastrojos que piden agua y las playas que se llenan de familias buscando un descanso, las noticias que llegan desde los despachos oficiales del Norte traen un ruido que a los hombres de trabajo nunca nos terminó de gustar. Cuando la política se pone ruidosa en las capitales, en el campo nos entra la duda sobre cómo va a viajar la cosecha.

Resulta que el canciller de Brasil, Mauro Vieira, lo citó a nuestro embajador allá en Brasilia, Guillermo Raimondi, para pedirle explicaciones por unos dichos del presidente Milei contra Lula da Silva y contra un juez de la Corte de allá. Como en un partido bravo de visitante, donde un foul innecesario en mitad de cancha termina armando un tumulto que detiene el juego justo cuando mejor estábamos tocando la pelota, las palabras dichas al pasar en un acto de San Pablo terminaron complicando la marcha de la diplomacia. En la alta política, igual que en el fútbol, las declaraciones fuera de lugar suelen costar caro en el marcador final.

Para entender esta tierra hay que haberla caminado durante décadas. Brasil no es solo un vecino en el mapa; es el comprador de nuestro trigo, el destino de nuestras manufacturas y el socio con el que compartimos la cuenca del Plata y los caminos que bajan hacia los puertos de nuestro litoral marítimo. Desde las playas de Necochea o Mar del Plata hasta los galpones de acopio en el corazón productivo de la provincia, la relación con el gigante del Sur es el pan de cada día de miles de familias de trabajo. El comercio con Brasil es como el cauce de un río ancho: si le atravesás un tronco, el agua se frena y se perjudican las dos orillas.

Dice la información que llegó de la agencia oficial que el malestar venía juntando temperatura desde el fin de semana. No solo por el apoyo explícito del mandatario a la familia Bolsonaro de cara a las elecciones que vienen, sino por declaraciones en las que sugirió que desde el Palacio del Planalto se había financiado una campaña en contra de nuestro país. Acusar al vecino de meterse en tu patio nunca fue buena idea para mantener la paz en la polvareda del camino.

A lo largo de sesenta años he visto pasar presidentes de todos los colores, ministros con discursos encendidos y cancilleres de modales finos. Sin embargo, cuando la polvareda baja y las cámaras se apagan, los productores siguen necesitando que la frontera esté abierta para cargar la producción en los camiones y en los barcos. Las diferencias ideológicas se las lleva el viento, pero los contratos comerciales son los que sostienen a los pueblos del interior.

Habrá que ver cómo se resuelve esta tarde la charla entre el canciller Vieira y nuestro diplomático en el edificio de Itamaraty. Ojalá reine la cordura, esa misma que tiene el paisano cuando se sienta a negociar la hacienda con el comprador de toda la vida. El diálogo sincero y sin estridencias es la única herramienta capaz de arreglar los alambres rotos entre dos naciones hermanas.

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