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De la escollera al aula: cuando la avifauna de Quequén enseña a mirar el territorio

En la Escuela 28 de Necochea, los chicos pintaron el mar y sus especies. El programa Puerto Ciudad sumó una linda experiencia donde el arte, el viento de la costa y la identidad ribereña se encuentran para enseñar lo que verdaderamente nos pertenece.

Hay cosas que no se aprenden en los libros por más que uno repase las páginas una y otra vez. Lo sabemos los que llevamos años caminando esta tierra, mirando cómo cambia el viento en la costa y cómo los muchachos del puerto acomodan las sogas antes de que caiga la tarde. El verdadero conocimiento entra por los ojos y se asienta en el cuero cuando uno reconoce lo propio. Por eso resulta gratificante ver cómo la Escuela Primaria N.° 28 abrió sus puertas para que el territorio entre al aula sin pedir permiso.

Treinta chicos de tercero y cuarto grado dejaron por un rato los cuadernos para mirar hacia la Escollera Sur de Puerto Quequén. A través de un video sencillo sobre las aves de nuestra costa, los pibes empezaron a armar el juego como los equipos que se conocen de memoria. La iniciativa se dio dentro del Subprograma de Artes Visuales Inclusivas de Puerto Ciudad, una idea que viene empujando la gestión del Dr. Mariano Carrillo al frente del Consorcio de Gestión del Puerto, con la dirección del Lic. Luis Ismael Pedone y la coordinación de Pamela Klink junto a Sofía Pollán.

Con las témperas sobre las mesas, los pinceles listos y los rodillos cargados de color, la jornada fue tomando forma despacito, a fuego lento. Los chicos pintaron dos murales inmensos donde aparecieron las aves costeras, los lobos marinos y la silueta inconfundible de la ballena franca austral. No se trató de una clase de dibujo cualquiera; fue un ejercicio de paciencia y de conversación, de los que hacen falta para entender que nadie se salva solo y que la mejor jugada siempre es la colectiva.

Quienes peinamos canas sabemos que Necochea y Quequén tienen una identidad que no se improvisa. Es el salitre en el aire, el movimiento de los barcos y esa fauna rústica que habita en las piedras del espigón. Llevar esa realidad a los muros de la escuela es una forma sabia de sembrar pertenencia en los que recién empiezan el partido. Los murales quedaron ahí, colgados en las paredes del colegio, como un recordatorio de que la naturaleza de nuestro lugar no es una foto lejana, sino parte de la casa donde vivimos todos los días.

En estos tiempos de tanta prisa, donde todo parece durar lo que un suspiro, conviene detenerse en estas pequeñas marcas que quedan en el camino. El programa Puerto Ciudad demuestra que el desarrollo de una comunidad también se construye desde la mirada de un chico con pincel en mano. Ojalá que estas vivencias sigan multiplicándose en cada rincón del distrito, porque al final del día, lo que se quiere de verdad es aquello que se aprende a conocer desde la infancia.

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