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La infancia también dibuja los contornos del puerto: talleres, juego e inclusión en las escuelas de la comunidad

A través de iniciativas artísticas y de integración en escuelas y jardines locales, el ámbito portuario abre sus puertas para que los más chicos descubran el territorio y se sientan parte de la vida de la ciudad.

Hay mañanas en las que el movimiento de la ciudad no lo marcan los camiones que van hacia los muelles ni el murmullo de los barcos que arrimaron al puerto de madrugada. A veces, la identidad de una comunidad se teje más despacio, en el patio de una escuela o en las mesas de un jardín de infantes donde la pintura fresca se mezcla con las risas. El programa Puerto Ciudad recorrió diferentes instituciones educativas locales para compartir una serie de encuentros pensados desde el juego y la inclusión.

Cerca del agua, donde la brisa del mar suele colar la polvareda de los accesos, la Escuela Primaria N.º 12 fue uno de los escenarios donde los chicos tomaron pinceles y cartulinas. Entre aves de papel y trazados de agua, los alumnos fueron redescubriendo ese paisaje cotidiano que muchas veces ven solo desde la ventanilla. El puerto, con sus grúas y su movimiento incesante, dejó de ser por un rato una estructura de cemento para volverse un dibujo conocido, hecho a la medida de los más pequeños.

En los jardines 903 y 918, las jornadas tuvieron el ritmo de esos juegos de barrio donde nadie se queda afuera mirando desde la vereda. La propuesta “Equilibriosis” invitó a los chicos a agarrar las pelotas, los aros y los elementos de malabar antes de que empezara la función formal. Como en esos partidos de potrero donde no hace falta reglamento estricto para entrar a la cancha, las familias se sumaron a la propuesta en el Jardín 918. Allí el espectáculo no fue una función para mirar sentados, sino una excusa para compartir el espacio.

El momento más significativo de la semana se vivió en las aulas de la Escuela de Educación Especial N.º 502, un ámbito donde los tiempos y las formas exigen otra atención. Allí, 32 chicos de entre 6 y 14 años exploraron texturas y ejercicios de equilibrio adaptados a las posibilidades de cada uno. En medio de la rutina, un alumno se sumó de manera natural a los movimientos de los payasos, entrando al espacio de juego por iniciativa propia, sin indicaciones ni esquemas previos.

Esas escenas simples recuerdan que el territorio no se construye únicamente con obras de infraestructura ni con planillas de carga. El sentido de pertenencia se siembra desde los primeros años cuando las instituciones abren sus puertas a la comunidad. Las herramientas de inclusión no son más que la voluntad de acomodar el terreno para que todos puedan pisar con la misma firmeza.

Cuando las tardes refrescan sobre el sector portuario y los chicos vuelven a sus casas con las manos pintadas, queda la certeza de un trabajo realizado con paciencia de orfebre. Las escuelas y los jardines de la zona terminaron la semana con la sensación de haber acortado las distancias con el puerto. Integrar a la infancia en la vida de la ciudad es, en definitiva, asegurar que las raíces de la comunidad sigan firmes hacia el futuro.

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