Ruidos de campaña en la tranquera: cuando los tiempos de la política se desmarcan de la siembra
Entre el murmullo de la Casa Rosada y la paciencia del territorio, el debate electoral se adelanta en el almanaque. Reflexiones desde el interior productivo sobre la prisa de la dirigencia y los ciclos verdaderos de la tierra.

Hay un ritmo en la tierra que no entiende de apuros ni de calendarios electorales impensados. Mientras en los campos del interior la mirada sigue atenta al cielo, midiendo la humedad de los perfiles y esperando el momento justo para entrar a sembrar, en la capital la política decidió acelerar los relojes. Nos cuentan que en Balcarce 50 las conversaciones ya miran al 2027, como si el trayecto de cuatro años se pudiera correr a velocidad de contraataque en cancha embarrada. En el campo aprendimos hace mucho que pretender cosechar antes de tiempo suele dejar las manos vacías.
Dice el vocero presidencial que las especulaciones se adelantaron en el camino. Uno escucha esas explicaciones desde una mesa de café en cualquier pueblo de la pampa húmeda y comprende que la ansiedad es un mal endémico del puerto. Alguien se queda unos días en Olivos para ordenar papeles y pensamientos, e inmediatamente se desata el murmullo de los mentideros porteños. Es como cuando el equipo gana un par de partidos seguidos y ya hay quien piensa en la copa intercontinental, olvidándose de que la fecha que viene hay que ir a embarrarse a la cancha del escolta. La política porteña padece esa costumbre de jugar el segundo tiempo cuando apenas se está acomodando la pelota en el círculo central.
Por estos días de verano, donde en la costa los veraneantes miran las olas y en la profundidad de la provincia se sigue trabajando bajo el sol, la Secretaría General de la Presidencia levantó el teléfono para llamar a viejos conocidos. Dicen que arman mesas técnicas entre libertarios y la gente del PRO, buscando abrochar acuerdos que den sombra para más adelante. El Jefe de Gabinete, por su parte, atiende las demandas de los gobernadores provinciales, esos que conocen al detalle el pulso de cada departamento y cada municipio. Los que caminan el territorio saben muy bien que los votos no se juntan en los despachos sin escuchar el pulso de las provincias.
Recuerdo cuando hace un mes la dirigencia oficialista andaba por las tierras coloradas de Misiones hablando del futuro a largo plazo. Está bien tener horizonte, cómo no. El camionero que transita las rutas del país o el productor que calcula los costos del gasoil para la cosecha necesitan certidumbre. Pero la tentación de vivir en campaña permanente distrae de las tareas cotidianas. Si se abandona la trinchera del día a día por mirar el marcador del domingo que viene, la pelota se le pasa por abajo del pie al defensor más pintado. En el interior productivo la gente pide que la gestión mantenga el paso firme y constante.
Las cosas tienen su tiempo justo, como los frutales en la quinta o el marinero que espera la marea adecuada en la escollera. Que en Buenos Aires los dirigentes y los cronistas de diario anden con la calculadora electoral en la mano a tres años vista es casi un sainete de época. El territorio nacional es ancho, diverso y profundo; necesita que las máquinas sigan andando y que los caminos rurales estén transitables hoy, no en la próxima elección. La verdadera política se valida en la capacidad de resolver el presente antes de ponerse a discutir el armado de las futuras listas.
Habrá que ver si en los meses que vienen la cordura logra serenar la ansiedad de las oficinas porteñas. Por ahora, entre mate y mate bajo la sombra de la arboleda, el país profundo observa los movimientos del Gobierno con la sabiduría que da la experiencia. Ojalá entiendan a tiempo en la capital que para llegar lejos hay que saber cuidar cada metro de pasto que se pisa en el camino. Al final del día, el resultado de la contienda no lo definen los pronósticos de café, sino la realidad que se vive en cada rincón de nuestra tierra.

