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Cuando el mar de lejos calienta la tierra de acá: El Niño que viene fuerte, la memoria de las crecidas y el trabajo en el campo

El Pacífico juntó calor y los pronósticos avisan que se viene un Niño de los pesados. En las taperas del Litoral y en la pampa chacra afuera, los paisanos miran el cielo, acomodan la hacienda y recuerdan que contra el agua el único remedio es la anticipación y el suelo bien preparado.

Quienes llevamos varias cosechas sobre las espaldas sabemos que la tierra siempre avisa antes de hablar, aunque a veces las seña vengan desde un océano que jamás pisamos. Cuentan los que leen los mapas del aire que allá lejos, en el Pacífico del norte, la masa de agua se puso tibia de más y desencadenó este lío que llamamos El Niño. La doctora Carla Gulizia, que preside el Centro de Meteorólogos, viene advirtiendo que estos desparramos del clima se nos vienen encima con más maña y más fuerza que antes. El asunto es sencillo de entender para el que camina el surco: el calor del mar remueve la atmósfera, cambia el rumbo de los vientos y termina torciendo el reparto del agua en todo el mapa patrio.

En estas pampas y en las lomadas del norte, la lluvia siempre entra como un partido difícil de visitante, donde hay que saber defenderse en el barro para no irse al descenso. Para la zona del Litoral, bordeada por las venas anchas del Paraná, el Uruguay y el Paraguay, la cosa suele ponerse pesada cuando el río se agranda y pide espacio. Las crecidas de los grandes ríos de la cuenca no perdonan las tierras bajas ni los potreros costeros donde la hacienda busca el pasto dulce. Más abajo, en pleno corazón agrícola, el agua en demasía es un problema fino: si falta la lluvia nos secamos, pero si cae de golpe y sin medida, el lote se vuelve una laguna y la maquinaria queda enterrada hasta los ejes sin poder sacar el grano.

Hacia la franja cordillerana, pasando por Cuyo, la historia juega con otra camiseta y la nieve de los Andes promete agua limpia para los canales en cuanto apriete el sol del verano. Uno ha visto pasar Niños bravos, de esos que dejaron huella en las marcas del gallinero y en la memoria de los viejos puesteros que tuvieron que sacar el ganado a hombros. Hoy los muchachos de la ciencia tienen aparatos modernos y modelos que cruzan los datos del aire con los del mar para no agarrarnos descalzos. Saben que no todos los eventos son cortados por la misma tijera, que cada Niño tiene su propio genio y que hay que mirar el mapa con lupa, pago por pago, para no pifiarle al diagnóstico.

El gran dilema de este tiempo no es solo saber que se viene la tormenta, sino tener los puentes sanos para que el aviso llegue a tiempo al que tiene la manga lista o la máquina en el galpón. Hace falta reforzar la gente y las herramientas del Servicio Meteorológico para que el aviso no quede atascado en un escritorio de la capital y baje rápido al territorio. En la costa atlántica las marea suben y en la pampa el viento norte junta las nubes oscuras; la naturaleza hace su juego de siempre y al hombre de trabajo no le queda otra que escuchar a la ciencia, cuidar la infraestructura de los pueblos y mantener la zanja limpia antes de que el cielo decida abrir las compuertas.

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