La noche en que el fútbol argentino apaga una luz que iluminó dos décadas de potreros y pueblos
Desde el Estadio Monumental, con el río de testigo y el murmullo de todo un país que escucha por radio o televisión, Lionel Messi juega su último partido con la camiseta argentina.

Hay noches donde el tiempo parece detenerse en cada rincón del territorio, desde las grandes barriadas urbanas hasta las pulperías de la pampa. Este martes a las ocho de la noche, cuando la pelota empiece a rodar sobre el césped del Estadio Monumental, el país entero se dispondrá a presenciar el capítulo final de una historia que duró veintiún años. No es solo un partido de fútbol contra la lejana Selección de Benín; es el punto final para una caminata larga que empezó cuando ese pibe de Rosario todavía guardaba sueños en los bolsillos.
Como en las campañas agrícolas donde se cosecha lo que llevó años de siembra y cuidado, el balance del capitán impresiona a quien repasa el camino. Son ciento veintidós goles, sesenta y seis pases de gol y cuatro estrellas doradas que quedan grabadas en el metal de la memoria colectiva. A veces los números fríos no alcanzan para explicar la emoción, pero ayudan a dimensionar el tamaño de la sombra que deja un gigante sobre la cancha.
Quienes peinan canas y han visto pasar delanteros de toda estirpe saben que la zurda del Diez tenía la precisión de un buen tractor surcando la tierra. Como aquel diez de equipo de pueblo que no necesita correr de más porque lee el juego dos jugadas antes que los defensores, Messi enseñó a jugar con paciencia, sin perder la cabeza ni en las tardes de sequía. Ganó la Copa América dos veces, la Finalissima y aquel inolvidable domingo de Qatar que hizo salir a festejar a cada plaza del interior.
El rival de esta noche llega desde tierras africanas tras una travesía larga que incluyó empates y victorias en su propio continente. Benín viene de medirse con Burkina Faso y Mauritania en las eliminatorias de su región, y hoy le toca ser el testigo de honor en una fiesta que desborda las tribunas de la Capital. Para la Selección de Lionel Scaloni, que viene de golear en los compromisos anteriores de esta fecha FIFA, es el momento de acompañar al líder en sus últimos noventa minutos.
En los vestuarios y en las tribunas se siente ese aire entre nostálgico y festivo que precede a las grandes despedidas en los clubes de barrio. Pibes jóvenes como Gianluca Prestianni, que recién empiezan a dar sus primeros pasos en Europa, miran al capitán con el respeto con el que se mira a un maestro de oficio. Saben que les toca tomar la posta en una cancha que ahora quedará más grande, pero con la tranquilidad de haber aprendido de primera mano los secretos de la pelota.
Afuera, sobre la avenida y con la brisa de la costa fluvial haciéndose sentir, la gente acompaña con música de cumbia y banderas flameando al viento. El cronograma marca que habrá festejos con drones en el cielo, entregas de placas dirigenciales y las voces de Soledad Pastorutti y Ulises Bueno acompañando el cierre. Pero cuando las luces del estadio finalmente se apaguen pasadas las diez de la noche, lo que quedará en las casas de cada provincia será la gratitud simple de haber sido contemporáneos de una leyenda.

