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Chapadmalal en disputa: entre el conflicto gremial y la idea de un nuevo modelo de gestión

Mientras los gremios denuncian vaciamiento y despidos, el Gobierno avanza hacia un esquema de concesión privada para recuperar un complejo histórico que lleva años deteriorado.

Hay lugares que forman parte del ADN turístico del país, y la Unidad Turística Chapadmalal es uno de ellos. Un gigante costero que supo alojar generaciones enteras y que, como esos clubes grandes venidos a menos, quedó atrapado entre la falta de inversión, el desgaste del tiempo y la burocracia que todo lo demora. Ahora, el complejo vuelve a estar en el centro de la escena por un conflicto que mezcla despidos, denuncias de vaciamiento y un proyecto de privatización que promete cambiarlo todo.

En los últimos días circularon resoluciones internas que anticiparían el pase a disponibilidad de la planta permanente y la no renovación de contratos. Según los gremios, esto afectaría a 58 trabajadores que hoy sostienen las tareas mínimas de mantenimiento y custodia. Desde ATE hablan de un “desmantelamiento” y recuerdan que, en otras reestructuraciones, la disponibilidad terminó siendo un despido encubierto. No es la primera vez que pasa: cuando el Estado se achica, los que quedan en el medio suelen ser los laburantes.

Pero también es cierto que Chapadmalal arrastra problemas estructurales desde hace décadas. Hoteles cerrados, techos que se caen, instalaciones obsoletas y un presupuesto que nunca alcanza. Como un estadio histórico que pide a gritos una remodelación, el complejo necesita una inversión que el Estado, por sí solo, no ha podido garantizar. Y ahí aparece la propuesta del Gobierno: concesionar por 30 años para que empresas privadas inviertan, modernicen y vuelvan a poner en funcionamiento un predio que hoy opera a media máquina.

El jefe de Gabinete, Manuel Adorni, defendió la idea ante el Congreso: “La gestión privada permitirá recuperar calidad, atraer turismo y terminar con el déficit”. Puede sonar antipático para algunos, pero no deja de ser cierto que el turismo social, tal como estaba planteado, venía perdiendo terreno. Y que, sin una intervención fuerte —sea estatal o privada—, Chapadmalal corría el riesgo de convertirse en un monumento al abandono.

Los gremios, por su parte, temen que la privatización implique el fin del turismo accesible y la pérdida de puestos de trabajo. Y es lógico: cuando cambia el modelo, siempre hay incertidumbre. Pero también es verdad que, si el complejo vuelve a funcionar, si se reabren hoteles y se genera actividad, puede haber más empleo del que hoy existe. Como en el fútbol: cuando un club se ordena, invierte y vuelve a competir, no solo mejora el equipo, también se mueve todo lo que lo rodea.

El Gobierno admite que aún no están los pliegos ni la licitación, y eso alimenta la desconfianza. La falta de precisiones deja un terreno gris donde conviven sospechas, miedos y expectativas. Pero lo que está claro es que Chapadmalal necesita una solución de fondo. Y si la concesión logra lo que el Estado no pudo —restaurar, modernizar y reactivar—, quizás sea una oportunidad para que el complejo vuelva a ser lo que alguna vez fue.

El conflicto recién empieza. Los trabajadores harán asambleas, los gremios presionarán y la política jugará su propio partido. Pero, más allá de las tensiones, la discusión de fondo es otra: cómo recuperar un patrimonio que lleva años pidiendo auxilio. Y ahí, tal vez, la pelota no esté solo en la cancha del Estado.

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