Cuando el bolsillo no aguanta el partido: la mora acorrala a los trabajadores del interior bonaerense
Del mostrador del pueblo al patrullero de la cuadrilla, el endeudamiento silencioso aprieta a las familias del campo y la costa en una provincia que ve achicar sus fuerzas de trabajo.

Hay cosas que en los pueblos de la provincia se notan sin necesidad de mirar una planilla de cálculo. Cuando en el boliche de la esquina o en la cooperativa se empieza a hablar menos de las siembras y más de cómo estirar el sueldo para pagar la tarjeta, es porque el partido se puso cuesta arriba. Por estos días, desde las tierras bajas del Salado hasta la franja costera de la Quinta Sección, los intendentes y las familias de a pie comparten una misma angustia: las deudas ahogan a los empleados municipales y a los muchachos de la policía, dos pilares sin los cuales un pueblo simplemente no camina.
No es que la gente haya salido a gastar por encima de la cuenta o a jugar de guapo en el consumo. La cuestión es mucho más sencilla y dolorosa: los salarios quedaron desfasados contra las boletas y el kilo de carne. En el Banco Provincia registran que hay unos 265 mil municipales cobrando por sus cajeros, la mayoría intentando gambetear un ahogo financiero que ya no distingue entre ciudades grandes o parajes rurales. En comunas vecinas como Castelli, los intendentes ven cómo los trabajadores piden la baja de la planta permanente para huir de los débitos automáticos que les vacían el recibo apenas se acredita el sueldo. Perder la estabilidad del Estado, que antes era como un título de propiedad para toda la vida, hoy parece la única salida para volver a ver un billete limpio en el bolsillo.
El asunto pega directo en la tranquilidad de la zona. En la Policía Bonaerense, la marea de la morosidad está provocando un desbande que deja los patrulleros con menos gente para recorrer las cuadrillas rurales y los cascos urbanos. Las ofertas de las empresas de seguridad privada o el trabajo informal terminan siendo un imán frente a haberes que apenas arañan el millón de pesos para quienes arriesgan el cuero a diario. Las bajas en la fuerza policial vienen duplicándose año tras año hasta superar las 1.470 renuncias en lo que va de esta temporada. Entre los que se van y los que terminan pidiendo carpeta médica para salir a hacer unos pesos en las aplicaciones de transporte, el territorio va perdiendo a los hombres y mujeres que conocen cada esquina y cada camino vecinal.
En el mapa salarial de nuestras comunas, las diferencias parecen de dos países distintos. Mientras en distritos con buena espalda como Pinamar o Laprida los básicos pelean más cerca de los novecientos mil pesos, en otros rincones del interior profundo los haberes no llegan a cubrir la canasta más elemental. La dirigencia gremial de los municipales reclama desde hace tiempo volver a discutir las reglas del juego para que las paritarias tengan peso real y no dependan de la buena voluntad del intendente de turno. Es una discusión que cruza la provincia de punta a punta, porque si el que junta la basura o atiende en el hospital local no llega a fin de mes, el pueblo entero empieza a perder calidad de vida.
Se viene un tiempo de decisiones donde la política tendrá que embarrarse las botas para encontrar respuestas que vayan más allá de los discursos. El endeudamiento dejó de ser un problema individual de la puerta de casa para adentro y se transformó en una grieta seria en la estructura del Estado provincial. Tanto en la Gobernación como en la Legislatura ensayan propuestas para frenar las ejecuciones de viviendas y renegociar lo que se le debe a los bancos y a las billeteras virtuales. Se necesita devolverle un poco de aire a los que todos los días se ponen la camiseta pública para sostener el día a día en cada rincón de nuestra tierra bonaerense.
