De la templanza a la gloria en Atlanta: la Selección aguantó el temporal y jugará una nueva final del mundo
En una tarde donde el esfuerzo colectivo recordó a las cosechas más trabajadas, el equipo conducido por Scaloni dio vuelta el destino ante los ingleses con goles de Fernández y Martínez sobre la hora. El domingo espera España para dirimir quién se queda con la corona grande del fútbol de este suelo.

La experiencia en la vida y en el campo enseña que los frutos más dulces son los que se obtienen después de soportar la helada con paciencia y sin desesperar. En el imponente estadio de Atlanta, bien lejos de nuestros pagos pero con miles de gargantas empujando desde cada rincón del territorio nacional, la Selección argentina dio una muestra de esa templanza gaucha que no se rinde ante la adversidad. Cuando el panorama se presentaba cuesta arriba y los minutos se escurrían como arena entre los dedos, el seleccionado nacional supo capear el temporal para revertir un resultado adverso y ganarse el derecho de disputar una nueva final del mundo. Fue un triunfo que se construyó con la constancia de quien trabaja la tierra de sol a sol, sabiendo que el esfuerzo tarde o temprano encuentra su recompensa.
El partido se planteó desde el inicio como esos partidos cerrados que se juegan en las ligas del interior durante el crudo invierno bonaerense, donde cada metro se disputa como si fuera el último alambrado del campo. Los ingleses, bajo la dirección de Thomas Tuchel, armaron una estructura sólida que hizo recordar a esos equipos que se aferran al cero en su arco y no regalan absolutamente nada en la salida. Durante la primera mitad, el juego se pareció más a una pulseada ajedrecística en el mediocampo que a un encuentro abierto para el disfrute de la tribuna. La pelota circulaba con dificultad entre la marca férrea de los volantes británicos, dejando pocas opciones para que los creadores de juego pudieran encontrar los caminos libres.
La tranquilidad del encuentro se quebró a los diez minutos del segundo tiempo, cuando una distracción en el fondo permitió que Anthony Gordon pusiera en ventaja al elenco europeo tras un centro preciso de Morgan Rogers. A partir de allí, el trámite se volvió de pura resistencia para la Selección, que debió asumir el protagonismo absoluto frente a un adversario que se replegó en su propio terreno de juego, cuidando la diferencia como si fuera el mejor lote de la cosecha. Fueron momentos de zozobra donde la figura del arquero Jordan Pickford se agigantó bajo los tres palos, desviando pelotas que en cualquier otra tarde hubieran terminado en el fondo de la red. Parecía que la persiana se cerraba definitivamente para las aspiraciones argentinas ante la solidez de la defensa rival.
Sin embargo, el fútbol, al igual que las temporadas de siembra, suele tener vueltas imprevistas que premian al que no deja de intentar. A los 40 minutos de la etapa complementaria, Enzo Fernández frotó la lámpara y ensayó un disparo de media distancia que devolvió la esperanza a todo el territorio, decretando el empate transitorio. Con el envión anímico a favor y cuando parecía que el destino nos llevaba inevitablemente al tiempo suplementario, apareció la vieja mística de este equipo. A los 47 minutos, tras un centro milimétrico de Lionel Messi, Lautaro Martínez se elevó más que todos en el área para clavar un cabezazo inalcanzable que desató el festejo en cada pueblo de nuestra patria. Fue un desahogo inmenso que recordó a esos goles sobre la hora que definen los campeonatos de barrio en las tardes de verano.
Este triunfo no solo mete al seleccionado en la gran final frente a la exigente España, sino que ratifica la vigencia de un grupo humano que sabe sufrir y jugar cuando las circunstancias lo exigen. La clasificación se festeja con la mesura de quien sabe que todavía queda el último y más importante surco por arar en este largo camino mundialista. El domingo se escribirá una nueva página de esta historia que mantiene en vilo a millones de argentinos a lo largo y ancho del país. Los dirigidos por Lionel Scaloni demostraron una vez más que la jerarquía y el amor propio son las mejores herramientas para sacar adelante los desafíos más difíciles.

