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El 25 de Mayo y la Argentina que siempre vuelve a sus raíces: trabajo, tierra y la obstinación de seguir jugando el partido

La fecha patria vuelve a recordarnos que la identidad argentina se construyó entre la ciudad y la campaña, entre la política y el trabajo silencioso del interior. En tiempos de incertidumbre, el 25 de Mayo invita a mirar hacia atrás para entender qué país queremos sembrar hacia adelante.

Hay fechas que funcionan como mojones. No porque resuelvan nada por sí mismas, sino porque obligan a detenerse un minuto y mirar el camino. El 25 de Mayo es uno de esos días en los que la Argentina se reconoce en el espejo, aunque a veces no le guste lo que ve. Y sin embargo, vuelve. Siempre vuelve. Como ese equipo que puede estar en mala racha, pero sabe que el partido se juega hasta el último minuto.

La historia oficial nos habla de la Revolución, del Cabildo, de French y Beruti repartiendo cintas. Pero la Argentina real —la que se construyó con sudor, con cosechas buenas y malas, con caminos de tierra y con familias que apostaron a quedarse— tiene otra textura. En la Quinta Sección lo sabemos bien: mientras en Buenos Aires discutían el rumbo político, en el interior se amasaba la vida cotidiana que sostuvo al país durante dos siglos.

El 25 de Mayo es, en el fondo, una disputa por el sentido. ¿Quiénes somos? ¿De dónde venimos? ¿Qué país queremos ser? Y ahí aparece la tensión eterna entre la ciudad y la campaña, entre la urgencia porteña y el ritmo más lento, pero más firme, del interior productivo. No es casualidad que cada vez que la Argentina se desorienta, vuelve la mirada al campo. No por romanticismo, sino porque ahí está la base material que sostiene todo lo demás.

Hoy, cuando la política nacional parece jugar un campeonato aparte, desconectado de la vida real, la fecha patria nos recuerda que la independencia no fue un acto heroico aislado, sino un proceso colectivo. Y que ese proceso sigue. No terminó. No puede terminar mientras haya desigualdades profundas, regiones postergadas y decisiones que se toman lejos de donde se producen los alimentos, la energía y el trabajo.

En la costa, el 25 de Mayo tiene otro aroma. El frío empieza a sentirse, el mar cambia de humor y la ciudad se repliega. Pero incluso ahí, en ese paisaje que parece quieto, late la misma pregunta: ¿qué hacemos con este país? ¿Cómo lo sacamos adelante? ¿Cómo jugamos este segundo tiempo que parece eterno?

Quizás la respuesta esté en recuperar algo que la Revolución de Mayo tuvo muy claro: la idea de comunidad. Nadie se salva solo. Ni en 1810 ni ahora. La Argentina necesita menos gritos y más acuerdos, menos improvisación y más planificación, menos grieta y más sentido común. Y sobre todo, necesita escuchar al interior, que no pide privilegios, sino reglas claras y un horizonte posible.

El 25 de Mayo no es una postal escolar. Es un recordatorio de que la libertad se construye todos los días. En la chacra, en el puerto, en la ruta, en la escuela, en la fábrica. Y que, como en el fútbol, no alcanza con tener buenos jugadores: hace falta un equipo, una idea y un proyecto que dure más que un campeonato.

Quizás este año sea una buena oportunidad para volver a empezar. Para dejar de mirar el pasado como un museo y empezar a verlo como una guía. Para entender que la Argentina que soñaron aquellos hombres del Cabildo todavía está en disputa. Y que depende de nosotros —de todos nosotros— decidir si seguimos pateando la pelota para adelante o si, de una vez por todas, nos animamos a encarar el arco.

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