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Solidaridad Nacional: el viaje de los brigadistas a Venezuela

Entre el frío porteño y las urgencias del Caribe, dos aviones de la línea de bandera unieron distancias para arrimar un abrazo de asistencia a los pueblos hermanos que sufrieron los rigores de la tierra. Un repaso por la memoria del trabajo solidario.

Uno mira el mapa y se da cuenta de que las distancias se acortan cuando la necesidad golpea la puerta. Vivimos tiempos veloces, donde el asfalto y el reloj mandan, pero de tanto en tanto la realidad nos recuerda que la naturaleza tiene sus propias leyes y sus propios giros. La noticia de que Aerolíneas Argentinas mandó dos aviones a Venezuela para dar una mano tras el terremoto me trajo a la memoria aquellas viejas épocas de los operativos de socorro, cuando el país entero se movilizaba sin mirar pelo ni marca, atendiendo el llamado del suelo que sufre, sea en el norte o en el sur.

El operativo se armó con la paciencia de los que saben laburar en la urgencia. El primer pájaro de metal salió a las diez de la noche llevando a 75 brigadistas, hombres y mujeres curtidos en el oficio de apuntalar esperanzas donde todo se ha caído. Dos horas más tarde, a la medianoche, despegó el carguero grande, pesado, metiendo la trompa en la oscuridad del cielo para llevar los bártulos pesados. Al final del día, esto es como un buen equipo que sale a la cancha: no sirve tener solo los delanteros habilidosos si atrás no tenés los rústicos que te aguantan los trapos y te llevan los cajones de insumos.

Fueron 25 toneladas de materiales las que se acomodaron en las bodegas. Insumos de rescate, herramientas, cosas que acá se guardan con cuidado y que allá, en los territorios calientes de la ciudad de Valencia, van a ser la diferencia entre pasar la noche a la intemperie o bajo un techo seguro. Recordaba yo, mientras repasaba estos datos en el calor del hogar, que la solidaridad es un viaje de ida y vuelta que los pueblos del interior conocemos bien; cuando la inundación nos aprieta el cogote, siempre hay una mano gaucha que llega desde el pueblo vecino.

Hay que tener espalda técnica para mover semejante estructura en un santiamén. Coordinar la tripulación, revisar la carga sensible y poner los motores a punto requiere una disciplina que no se improvisa de un día para el otro, es un capital que se mama con los años de oficio. Estos muchachos que volaron anoche llevan en las mochilas el mandato de una patria que, con sus más y sus menos, nunca le esquivó el bulto a las patriadas difíciles, dejando en claro que en el terreno de la emergencia jugamos todos con la misma camiseta.

Ahora quedará esperar el regreso de los aviones y el reporte de los que se quedaron allá metiendo las manos en el barro. Ojalá que la tierra de los hermanos venezolanos encuentre pronto el sosiego y que la reconstrucción sea tan firme como las ganas de estos brigadistas que armaron el bolso en un descuido de la noche. Mientras tanto, desde estas latitudes, uno se queda pensando en la fragilidad de las cosas y en la nobleza de una tripulación que vuela alto para sembrar un poco de alivio en suelo ajeno.

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