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El pedido de aplausos de Iraeta en Maizar y un auditorio que no acompañó

En la conferencia Maizar, el secretario de Agricultura buscó levantar el ánimo del público y terminó protagonizando un momento curioso que dejó al salón entre sorprendido y desconcertado.

Mire, m’hijo, uno ya ha visto de todo en charlas del campo: exposiciones eternas, powerpoints que no arrancan, chistes que no hacen reír ni al que los cuenta. Pero lo que pasó en Maizar dejó a más de uno mirando de reojo, como cuando el árbitro cobra un penal que nadie vio.

Sergio Iraeta, secretario de Agricultura, subió al escenario con ganas de contagiar entusiasmo. Pero el auditorio estaba frío, como mañana de helada en la loma. Apenas arrancó, tiró un par de frases esperando una reacción… y nada. Ni un murmullo, ni un gesto, ni un aplauso perdido. Silencio de esos que incomodan.

Entonces, en un intento por romper el hielo, largó: “Empezá a aplaudir, así aplaude alguien”. Lo dijo mirando a alguien de confianza, como quien le guiña el ojo al 9 para que presione al arquero rival. Pero el salón seguía igual, quieto, como si estuviera esperando otra cosa.

Iraeta insistió con que había que “poner flow, onda”, porque —según él— se habían tomado decisiones importantes para el sector. Y ahí volvió a remarcar que hacía apenas unos días se habían anunciado medidas que, en su visión, merecían reconocimiento. Pero el público, curtido en años de idas y vueltas, no se movió demasiado.

A veces, en el campo, las reacciones no son inmediatas. El productor escucha, procesa, compara con lo que vive en el lote, con lo que paga en insumos, con lo que cobra por su cosecha. No es cuestión de aplaudir por aplaudir. Es como en el fútbol: no gritás un gol hasta que no ves que la pelota cruzó la línea.

El funcionario habló de actitud, de ánimo, de no volver “al pantano”. Y muchos en la sala asentían, pero sin estridencias. Porque el ánimo del productor no se cambia con una arenga. Se cambia con previsibilidad, con reglas claras, con tiempo. Y eso, usted sabe, no se consigue de un día para el otro.

El episodio quedó como una anécdota más de esas que después se comentan en los pasillos, entre café y medialunas. No fue un escándalo ni mucho menos, pero sí un reflejo de algo que cualquiera que haya pisado una exposición agropecuaria conoce bien: el campo escucha, pero no siempre aplaude. Y cuando lo hace, es porque siente que vale la pena.

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