El silencio que avanza sobre los viejos hoteles de la costa y las sierras: el fin de una era en Chapadmalal y Embalse
Los complejos de turismo social pasaron a manos del Estado para su privatización, dejando un tendal de contratados sin trabajo y una fuerte incertidumbre en los pueblos vecinos que vivían al ritmo de sus temporadas.

Uno mira esas moles de piedra y ladrillo frente al mar bonaerense y es imposible no viajar en el tiempo, a esos veranos de micros llenos de chicos que conocían el Atlántico por primera vez. Las Unidades Turísticas de Chapadmalal, acá nomás en la costa, y el imponente complejo cordobés de Embalse, con sus más de 300 hectáreas en Calamuchita, entraron en un tiempo de descuento que duele en la memoria colectiva del territorio. El Poder Ejecutivo firmó el traspaso de estos predios a la órbita de la Agencia de Administración de Bienes del Estado, abriendo la tranquera legal para licitaciones o ventas directas a capitales privados. La transformación total del modelo de administración vigente ya es una realidad irreversible que apaga los ecos de la vieja mística del descanso popular.
La noticia pegó de frente y sin amortiguadores en las familias de la zona, especialmente en los laburantes contratados que se quedaron sin el pan y sin la torta de un día para el otro. Los vínculos laborales se cortaron a rajatabla y los gremios de la región andan a las corridas, buscando precisiones sobre las liquidaciones finales y tratando de armar alguna red de contención para que la malaria no pegue tan duro en las mesas familiares. Es como cuando te echan a un jugador clave a los cinco minutos del primer tiempo; los representantes sindicales buscan alternativas urgentes para sostener los ingresos de un tendal de gente que quedó desamparada en los municipios costeros.
Por el lado de Chapadmalal, el paisaje muestra una tensa calma que se parece bastante a la previa de una tormenta de sudestada. La Asociación de Trabajadores del Estado reaccionó de inmediato ante las cesantías y los delegados gremiales ya avisaron que se vienen movilizaciones y medidas de fuerza si la cosa no cambia de rumbo. Los vecinos de estos parajes, criados a la sombra de los hoteles que fundó el peronismo histórico, exigen respuestas claras porque saben que si esos edificios se quedan vacíos, los pueblos de la zona pierden el pulmón que los hace respirar económicamente. El conflicto laboral escala mientras la comunidad exige definiciones claras sobre el destino de una infraestructura que es parte de la identidad de nuestra provincia.
Mientras tanto, allá en el Congreso nacional el debate quema las manos, pero las decisiones bajan desde los despachos porteños con la frialdad de un invierno en el campo. Los argumentos oficiales hablan de eficiencia y de nuevos esquemas de explotación, pero en el territorio lo que se palpa es el fin de un emblema que cobijó a jubilados, escolares y paisanos de los rincones más profundos de la patria. El turismo social parece una reliquia del pasado y los mostradores de los hoteles ahora esperan la llegada de los inversores privados. El debate sobre el rol del Estado en el descanso popular sigue abierto, aunque las cartas ya parecen estar echadas sobre la mesa de juego.
Habrá que ver cómo sigue este partido largo, donde las comunidades locales juegan siempre con la cancha inclinada y el viento en contra. Por ahora, las liquidaciones no llegan, el futuro de los predios es una incógnita custodiada por papeles oficiales y el invierno se siente más crudo en las barriadas que dependen de esos comedores y de esas habitaciones. Quedará en la historia la imagen de aquellos veranos ruidosos; hoy en Chapadmalal y en Embalse el silencio de los pasillos vacíos anticipa un cambio de época que se siente extraño en el alma de los pueblos del interior.

