El dólar apura el tranco en el invierno: cruzó la barrera de los 1500 pesos y reabre la vieja discusión sobre los precios y el campo
En lo que va de junio, las cotizaciones de la divisa se despertaron y corrieron más rápido que la inflación del mes. Mientras los analistas discuten si este reacomodamiento ayuda a los sectores exportadores o si enciende las alarmas en las góndolas, en el interior bonaerense se sigue de cerca un tablero financiero que siempre termina impactando en el galpón, en los insumos y en el mostrador diario.

Los días de junio se han venido cortos, fríos y con esa llovizna persistente que obliga a la gente a guardarse temprano en las casas. Pero mientras el ritmo de nuestras ciudades y de los caminos rurales parece achanchado por el invierno, el mercado financiero porteño se encargó de sacudir la modorra general con un salto del dólar que superó los 1500 pesos, una marca que no se veía desde los primeros nubarrones de enero. Después de varios meses donde los precios de las cosas venían ganando la carrera por varios cuerpos y la divisa se quedaba rezagada, el tipo de cambio pegó un estirón repentino y pasó al frente, cambiando la dinámica a la que nos habíamos acostumbrado en la última mitad del año.
El movimiento se sintió en todas las ventanillas, desde el mercado mayorista, que es el que maneja los números grandes de la economía formal, hasta el circuito informal y los dólares financieros que utilizan las empresas para resguardar su capital. La inflación para este mes se calcula cerca del dos por ciento, pero las cotizaciones ya subieron más del doble de ese valor en pocas semanas. Como en esos partidos de fútbol donde un equipo domina todo el trámite pero el rival le clava un contragolpe fulminante, el dólar reaccionó de golpe y obligó a recalcular las proyecciones a los contadores de las empresas y a los productores que planifican la campaña en nuestro territorio.
La discusión que se armó en las mesas de dinero de la capital es la misma que uno escucha en los comités de las cooperativas agrarias o en las oficinas de las pequeñas fábricas metalúrgicas del interior bonaerense. Hay quienes ven en este despertar un alivio necesario, un reacomodamiento que le devuelve el aire al sector exportador y alivia a los que tienen que vender la cosecha con costos internos que no paraban de subir. Para el turismo receptivo y los sectores que liquidan divisas, este salto significa un incentivo concreto en moneda local, mejorando las perspectivas de competitividad frente a un mundo que se había vuelto demasiado caro en dólares para el bolsillo argentino.
Sin embargo, el paisano que conoce el paño sabe perfectamente que en nuestra economía el dólar nunca viaja solo. La otra cara de la moneda es el temor fundado a que este deslizamiento termine trasladándose más temprano que tarde a los precios de los insumos esenciales para la producción formal. El costo de la tecnología, los fertilizantes, la maquinaria y la energía se ajusta en base a la cotización oficial, y cualquier movimiento brusco termina repercutiendo en el precio de la mercadería y en el costo de reposición de los comercios que sostienen la vida social en cada uno de los municipios de la provincia.
Lo más llamativo para quienes miramos el tiempo largo de los ciclos económicos es que esta presión cambiaria se produce justo después de un mes de mayo donde el país logró un superávit comercial histórico gracias al freno de las importaciones. Entraron divisas por la aduana, pero la demanda de cobertura de los privados no cedió y el Banco Central empezó a comprar menos volumen en sus ruedas diarias que en los meses de la cosecha gruesa. El campo mantiene un ritmo de liquidación pausado porque los precios internacionales no terminan de convencer al productor, prefiriendo el resguardo del grano en el silobolsa antes que desprenderse de la producción a valores deprimidos.
Es la eterna encrucijada de la frazada corta en la Argentina, una dinámica que se repite a lo largo de las décadas y que ningún gobierno ha logrado resolver del todo. Si se mantiene el dólar quieto para pisar los precios, se queja la producción del interior porque se pierde competitividad; si el dólar se mueve para acumular reservas, crujen los mostradores y se resiente el salario formal de los trabajadores. El invierno recién empieza, el tablero cambiario se puso áspero y en el territorio bonaerense se mira de reojo una cotización que, para bien o para mal, termina definiendo la suerte de los negocios de cercanía y el ánimo de las comunidades que producen el alimento diario de nuestro país.

