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El valor de las reglas claras: reflexiones sobre la vida democrática desde los caminos de la producción rural

Entre la siembra y la cosecha, la continuidad de las instituciones ofrece la previsibilidad que la tierra y los pueblos del interior necesitan para proyectar el futuro a largo plazo.

Quienes peinamos canas y llevamos décadas recorriendo los caminos de tierra de la provincia sabemos que la estabilidad no es un detalle menor. Ver pasar los almanaques con las mismas reglas de juego institucionales se parece bastante a tener un campeonato bien organizado, donde todos conocen las dimensiones de la cancha antes de salir a jugar. Cada 15 de septiembre se cumple una nueva jornada del Día Internacional de la Democracia, una fecha que invita a detener la marcha en la huella y pensar en lo que significa vivir con representación y libertad. El término nos remite al viejo origen griego sobre el gobierno del pueblo, pero en la práctica cotidiana representa el derecho a elegir el rumbo de nuestras comunidades.

La historia de esta conmemoración no nació de un día para otro en un escritorio distante, sino que llevó su tiempo de maduración, como los procesos de la tierra. Fue el 8 de noviembre de 2007 cuando la Asamblea General de las Naciones Unidas oficializó el 15 de septiembre en el calendario global. La sugerencia venía impulsada por la Unión Interparlamentaria, que en esa misma fecha de 1997 había firmado una declaración fundamental. Aquella iniciativa internacional buscaba proteger las libertades cívicas tras el fin de diversos períodos dictatoriales en distintos rincones del planeta.

Uno recuerda los relatos de la transición en la década del ochenta, cuando el mundo buscaba dejar atrás los autoritarismos. La dirigencia de aquel entonces, con figuras como la filipina Corazón Aquino tras el fin del régimen de Marcos, comenzó a tejer redes internacionales para que el voto popular fuera la única herramienta legítima. Con el paso de los años y tras sucesivos encuentros que culminaron en Catar, se redactó la propuesta que llegó a la ONU. El espíritu de aquella norma ponía el foco en las personas y en la necesidad de garantizar la paz social.

Para quienes trabajan el campo o viven en las localidades del interior, la vigencia de las instituciones es el piso sobre el cual se construye el trabajo de cada temporada. En la costa bonaerense, en las zonas de cría o en las chacras mixtas, la previsibilidad política permite planificar la siembra sabiendo que habrá continuidad en los derechos básicos. La democracia no exige un molde único y perfecto, sino la voluntad constante de resolver los desacuerdos conversando alrededor de una mesa. Es la herramienta indispensable para que los productores y los pueblos puedan reclamar, producir y progresar en libertad.

En la Argentina ya transitamos 43 años de continuidad democrática desde aquel lejano diciembre de 1983. Quienes vivimos la interrupción de las garantías constitucionales valoramos cada jornada electoral como se valora una lluvia oportuna en medio de la sequía. Recobrar la libertad de expresión, la representación sin censura y el respeto por las leyes fue el logro más trascendente de la historia reciente. Cuidar esa convivencia pacífica en cada rincón del territorio nacional es el compromiso diario que nos permite mirar el horizonte con tranquilidad.

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