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El dolor de la tierra: dos brutales sismos causaron muertes y severos destrozos materiales en Venezuela

Los temblores de 7,2 y 7,5 de magnitud dejaron más de 160 víctimas fatales y un millar de heridos. La gente pasó la noche en las calles por el terror a las réplicas en medio de hospitales colapsados y rutas bloqueadas.

Hay madrugadas donde la naturaleza nos recuerda lo chicos que somos frente a su fuerza indomable. El miércoles a la noche la tierra crujió en Venezuela con dos sacudones consecutivos que pegaron en el pecho de todo el continente, uno de 7,2 y otro de 7,5 en la escala de Richter. Las crónicas que llegan desde el norte son desgarradoras y traen el eco de viejos dolores latinoamericanos, de esos que conocemos bien cuando la geografía nos pone a prueba. El reporte oficial que dio la presidenta interina Delcy Rodríguez hiela la sangre: ya se cuentan 164 compatriotas muertos y los heridos rozan los mil en las distintas regiones afectadas, con cientos de familias que todavía buscan desesperadamente a los suyos entre los escombros de La Guaira y los monoblocks de la capital.

Uno mira estas noticias desde la tranquilidad de nuestro interior productivo, donde el tiempo suele medirse por las cosechas o el ciclo de las lluvias, y cuesta dimensionar la velocidad con la que se destruye la vida en unos pocos segundos. Es como cuando te entran dos goles seguidos antes de los diez minutos del primer tiempo; te quedás sin piernas, sin aire y el esquema táctico que tenías pensado se te desmorona por completo. Las principales rutas de los estados de Yaracuy, Miranda, Aragua y Carabobo quedaron partidas al medio por el movimiento de las placas, impidiendo que los camiones con mercadería y los transportes de agua potable puedan llegar a los pueblos del interior que hoy se encuentran aislados y sin luz.

Con los hospitales trabajando a destajo y al borde de quedarse sin gasas o analgésicos, miles de vecinos prefirieron armar tolderías sobre el asfalto de las avenidas o tirar unos colchones al lado de sus camionetas para pasar la noche a la intemperie. El miedo a que un nuevo tirón del piso tire abajo lo que quedó tambaleando obligó al gobierno central a declarar la emergencia nacional y la zona de desastre en toda la franja costera de La Guaira. Los testimonios de los productores locales hablan de galpones enteros de acopio que se vinieron abajo, aplastando las herramientas de trabajo y la poca infraestructura que sostenía el comercio diario de esas comunidades que viven de espaldas al mar.

Mientras el mapa del dolor se extiende y las réplicas menores siguen asustando a los gurises en las plazas, desde el exterior empezaron a moverse las piezas de la diplomacia y la asistencia internacional. El mandatario norteamericano Donald Trump avisó que sus agencias federales ya están listas para despachar aviones con brigadas de rescate especializadas, una ayuda que se sumará al apoyo material que están preparando varias naciones vecinas del Cono Sur. Incluso Nicolás Maduro, que sigue tras las rejas en una lejana celda de Nueva York desde el verano pasado, mandó un mensaje por las redes pidiendo rezar por las familias afectadas y ponerle el hombro al laburo de los bomberos que están arriesgando su propia vida entre los hierros retorcidos.

En nuestro suelo, cuando el clima nos castiga con una seca grande o una inundación que tapa los alambrados, sabemos bien que el día después es el más largo porque hay que volver a empezar desde el barro. La reconstrucción de las viviendas y los caminos de Venezuela va a llevar años de esfuerzo compartido y de financiamiento transparente, lejos de las discusiones políticas que suelen entretener a las capitales mientras los pueblos sufren las consecuencias de la desidia. Ojalá que la solidaridad no sea solo una palabra de ocasión y los camiones con ayuda lleguen pronto a cada rincón de esa tierra hermana que hoy llora a sus muertos bajo un cielo que todavía no transmite paz.

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